miércoles, 17 de septiembre de 2008

Crecer es un oficio triste.../ (Chapter the first)




“Es difícil contar la vida, no hay como empezar, pero una huella en el alma es un buen punto de partida, una voz que ya no escuchas, unas voz que ya se fue...”
Pedro Suárez Vertiz

Hoy cumplo 18 años de vida y contrariamente a lo que muchos piensan, esto no me causa el menor entusiasmo. No estoy con ganas de juerguear toda la noche y terminar ebrio, oliendo a alcohol y a humo de cigarro. Lo que siento en este momento son unas ganas inmensas de bajar a la playa y contemplar el mar. Un mar gris que refleja mi propia soledad, un mar que acentúa mi resaca de pura y sana nostalgia. Es extraño lo difícil que me resulta concentrarme en este post; pareciera que mi mente se encontrara bloqueada por tantos recuerdos que, uno detrás de otro, empiezan a aparecer ante mis ojos formando una aparente película de mi vida.

Hoy me dio por abrir todos los cajones de mi cuarto y buscar con insólito frenesí, todas las fotografías que registraran instantes congelados de mi vida. Y me vi, primero con un sastre blanquísimo, zapatitos del mismo color, corona de rey sobre mi cabeza y corbatita “michi” del mismo color aturdido entre una gran multitud y sobre los brazos de mi orgullosa madre quien esbozaba una linda sonrisa de oreja a oreja. Sobre una mesa observe un apoteósico festín lleno de todo tipo de bocaditos y en el centro, una inmensa torta con adornos comestibles de los Picapiedras. Era la fiesta por mi primer año de vida, ahora lo recuerdo bien, recuerdo sonrisas a mí alrededor, el pegajoso ritmo de la “sopa de caracol”, la gente que se me acercaba a decirme “oh que lindo que estas” y a jalarme los cachetes. Recuerdo aun con más nostalgia a mis abuelos chochos con el mayor de sus nietos en brazos y a mis risueñas tías haciendo toda clase de graciosas muecas habidas y por haber con tal de mantenerme sereno. Todo era tan feliz, tan fácil que no me imaginaba la vida diferente.

Cuando era niño mis días se iban con mi paciente abuelo tratando de enseñarme a montar bicicleta para luego ser premiado (aun sin haber realizado el más mínimo esfuerzo) con un inmenso pie de manzana y mi coca cola personal en la bodega de la esquina. Al llegar a casa, mi hermana y yo corríamos a la cocina a saludar a mi abuelita con un sonoro beso en la mejilla y luego nos dirigíamos raudos al dormitorio donde mi abuelo ya había sintonizado Tom y Jerry, los dos nos aventábamos a la cama y nos recostábamos en su regazo, sintiendo sus grandes brazos y su potente respiración de orgulloso paisano arequipeño los cuales contrastaban con su carácter alegre, acogedor campechano y “engreidor” como ninguno.

Mis abuelos Máximo y Esperanza fueron las figuras con mas presencia en mi niñez, quizá por eso me duela tanto recordar los últimos años que lo tuve (a él) conmigo. Me aleje demasiado, se acabaron las idas y venidas al parque, los domingos en Pachacamac y el juego del gavilán pues cuando se hubo ido ya era demasiado tarde para decirle el “te quiero” que le debía desde hacia mucho tiempo. La calurosa tarde de marzo en la que me entere que había fallecido lloré como nunca lo había hecho. Ni el fuerte abrazo de mi padre logro menguar la terrible frustración y el rencor que sentía contra mi mismo. Confieso que estuve a punto de destrozar todo lo que encontré en mi cuarto pues sentía que el dolor me desgarraba por dentro. Cuando llegue al velorio y vi los rostros desencajados de mis tías, mi tío, mi madre y mi abuelita no pude evitar quebrarme yo también. Esa tarde no tuve el valor de acercarme al ataúd y mirarlo fijamente. Sentí un vértigo increíble cuando me sacaron de mi rincón solitario para verlo por última vez antes que se llevaran el ataúd camino al cementerio. Lo mire y el rencor interno del día anterior volvió a aflorar, lloré con rabia y escuché los lamentos de mi abuelita a mi costado. Toqué su mejilla y lloré aún más, sus pómulos eran ahora débiles y fríos, su sonrisa acogedora se había ido para siempre.

martes, 16 de septiembre de 2008

11 - s: ¿Una pesadilla pasajera?



Recuerdo que no me enteré hasta que vi las noticias en la noche. Estaba sentado en la mesa con mi hermana y mi madre cenando cuando apareció Bush dando un mensaje que entre otras cosas decía “no distinguiré entre terroristas que cometieron estos actos y quienes los amparan”.La escena cambió y a continuación fui un tardío testigo de los horrores que habían acontecido aquel día, mientras yo la pasaba de las mil maravillas en el colegio. Un Boeing 767 de la línea American Airlines impactaba contra la torre norte del World Trade Center para que minutos después, en medio del terror y la histeria colectiva viendo como varias personas agonizaban pidiendo ayuda desde lo alto del edificio, otro avión, de la empresa United Airlines, chocara contra la torre sur. Más gritos, personas saltando de ambas torres cayendo destrozadas entre el humo y otros cadáveres.
El mundo, es cierto, no volvió a ser el mismo luego de ese día. Las 2571 victimas, sin contar a los 19 enfermos fanáticos terroristas, fueron homenajeadas el pasado 11 de septiembre en el Zucotti Park, un lugar adyacente a la Zona Cero. Sin embargo, ¿quién les quita la frustración a esas familias que perdieron a su gente querida de una forma tan falta de sentido? El sociólogo Inmanuel Wallerstein a pocos días del 11 – s del 2001 escribió: “quizá esté ocurriendo que esta guerra no se gane ni se pierda, sino que, simplemente, prosiga”.
Luego del atentado Estados Unidos lanzó un ultimátum a los países talibanes, amenazándolos con una intervención militar sin contemplaciones con el argumento de que los segundos poseían suficiente ADM (armas de destrucción masiva) como para ocasionar una catástrofe global. Es así que, de la mano de George W. Bush, se inició una guerra sin sentido, que siete años después sigue con el mismo rechazo popular (incluyendo a los mismos norteamericanos) sin precedente histórico. EE.UU. nunca encontró el supuesto armamento que decía haber detectado. Noam Chomsky en su libro Hegemonía o supervivencia nos cuenta los procedimientos seguidos por la administración Bush en ese momento, los cuales, paradójicamente, los fueron convirtiendo en la mayor amenaza global, incluso para ellos mismos.
Chomsky, entre muchas otras cosas señala que, organizaciones de ayuda con amplia experiencia en Irak y estudios de respetadas organizaciones médicas advirtieron que la invasión proyectada podría precipitar una catástrofe humanitaria. Washington ignoró las advertencias que poco interés despertaron en los medios. En septiembre del 2002 se proclamó la Estrategia de Seguridad Nacional, donde se afirma el derecho de los Estados Unidos de América a recurrir a la fuerza para eliminar cualquier desafío que se perciba contra su hegemonía mundial, la cual ha de ser permanente. En el año 2003 el gobierno de Bush bloqueó los esfuerzos de la ONU para prohibir la militarización del espacio, lo cual constituye una seria amenaza a la supervivencia.
En resumen, la administración Bush se autoproclamo la salvadora del mundo, el mesías esperado por todos que acabaría con la maldad encarnada en Saddam Hussein y Osama Bin – Laden. Sin embargo, en lo que se convirtió Bush fue en una versión actualizada de Maximilian Robespierre, el líder jacobino de la Revolución Francesa quien luego de luchar por los ideales de “libertad, igualdad y fraternidad”, termino por volverse en un déspota y sanguinario dictador quien instituyo un régimen del terror basado en la violenta represión y persecución de sus enemigos y quienes amenazaran su autoridad.
El 11 – s para muchos marco un antes y un después en la historia del mundo. Siete años después el mundo esta dividido e inmerso en la paranoia de otro atentado. La pseudo guerra santa impulsada por George W. Bush sigue con la misma falta de sentido con la que empezó. Ni la ejecución de Saddam Hussein ni las muertes de miles de niños, mujeres y ancianos en el medio oriente han podido sosegar el dolor de los familiares de las victimas. Siete años después pareciera que EE.UU. se esta volviendo tan peligroso como los enfermos terroristas de Al - Qaeda. Siete años después la pesadilla no ha terminado y la herida, aun sangrante, no empieza a cicatrizar.

martes, 9 de septiembre de 2008

Costa Jones y el retorno de Inkarri / Prologo (parte 1 )


Nazca 1985

El mar tenía a esas horas, un aspecto tenebroso e insondable, débilmente iluminado por el tenue resplandor plateado de la luna que parecía marcar una suerte de camino luminoso a lo largo del océano hacia la playa adyacente a las pampas de Nazca, una especie de ruta marcada por los dioses. Esa era la última noche de la acampada de estudio del curso de historia y para su mala suerte le habían asignado el puesto de imaginaria precisamente a él. El joven agazapado bajo un gran bulto de mantas con motivos andinos, aunque muy abrigado, no podía evitar sentir como la intensidad de la gélida ventisca costeña se calaba hasta sus huesos, congelándole casi los pulmones.

Estoy fregao – musitó entre dientes- si no muero congelado quizá me ahogue por la rapidez con la que está subiendo la marea. No se como hizo esa señora Reiche para pasar casi toda su vida en un lugar tan desolado como este.

Mientras pensaba en cuán eficientes podrían ser los efectos de la criogenización el joven buscó entre los restos de la casi ya extinta fogata la botella de pisco puro que horas antes su profesor, un senil catedrático que a penas y podía mojarse los pies en la playa, había sacado con el fin de enfrentar en cierta forma el sobrecogedor frío de la zona.

Miguel Costa no tenía más de 17 años, pero ya poseía una barba de cuatro días, una enredada melena negra y un gran talento, casi innato, para meterse en problemas. Y esos problemas se debían quizá a la debilidad que sentía hacia los viajes, la historia y los tesoros exóticos. Su primer ciclo en la Universidad Católica ya estaba llegando a su fin, y con este las ansias de Miguel de viajar a España volvían a aflorar como todos los años. En cierta forma sentía una “tácita obligación moral”, un deseo casi frenético de estar en el país ibérico que inculcaría con singular ímpetu en sus alumnos del curso de Historia del Perú: formación hasta el siglo XVIII, unos 23 años después. No por gusto quería hacerse historiador.
La radio portátil empezaba a emitir los primeros acordes de una canción de Jimmy Hendrix, cuando Miguel, botella en mano, noto una extraña luz en el lugar en el que habían que precisamente habían estado estudiando durante la visita. Era una luz, que aunque tenue, poseía ese fulgor propio de las que anteceden a grandes descubrimientos. El muchacho entonces hizo precisamente lo que haría cualquier melenudo temerario y algo pasado en tragos hubiera podido hacer: tomo la antorcha y con el grueso poncho de lana de alpaca cubriéndolo casi completamente, se dirigió hacía el lugar donde brillaba la luz tropezando a menudo con los equipajes de sus compañeros y uno que otro cangrejo noctámbulo que rondaba por la zona.
La waq’a poseía esa imponencia de las construcciones destinadas a la gloria ad posterium. Los monumentales muros que custodiaban el interior del santuario se encontraban rodeados de una flora inverosímil la cual los dotaba de un aspecto mucho más tenebroso. A los lados crecían frondosos lúcumos cuyos jugosos y apetitosos frutos estaban esperando a ser ingeridos por los casuales visitantes. El muchacho ya estaba acostumbrado a ese tipo de lugares pues había pasado gran parte de su infancia visitando sitios arqueológicos a lo largo del país descubriendo el misticismo de un pasado legendario. Estas idas y venidas le habían dado algunas vagas nociones de quechua, la lengua de los hombres, y aunque no lo hablaba fluidamente poseía los conocimientos necesarios como para realizar su trabajo a cabalidad.
Cuando hubo llegado al umbral de la entrada principal del templo no pudo evitar percibir ciertos ruidos cercanos a la cámara principal del recinto. Eran ruidos de metal golpeando la tierra seguidos por el claro sonido de las agitadas respiraciones de tres personas en conjunto. Trepó un muro y asomándose hacia la cámara principal divisó, efectivamente, a tres hombres notablemente cansados, excavando en un pozo de una profundidad considerable. Eran claramente nativos de la zona, pues poseían la recia contextura en sus cuerpos y la innegable aura solitaria que rodea al común denominador de los hombres de este país. Sin embargo, no fueron las fornidas apariencias de los trabajadores lo que llamó la atención de Miguel, fue el hombre de sombrero, casaca de cuero y látigo atado a la cintura que supervisaba la excavación, el que, con su gigantesca sombra proyectaba sobre un muro, el que hizo que su pulso se acelerara.
¿Quién demonios es ese tipo? – Se preguntó hacia sus adentros – Esa apariencia no se ve desde hace casi cuarenta años.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Betrayal butterfly (Parte 8)



“No tiene casi nada, pero le gusta la vida cara...”
Reily
Hace poco me enteré que muchas de las parejas (por no decir todas) de mi promoción terminaron su relación con un adiós definitivo. Muchos de ellos ya no se dirigen la palabra o como yo, piensan en cambiar de acera si se cruzan a el o a la indeseable. Ya a punto de terminar esta historia puedo decir que la hipótesis que lancé en el primer post ha sido confirmada y comprobada irrefutablemente: “en el colegio no existe el amor, todas son ilusiones”.

Y no es que me haya vuelto un amargado de la vida o un renegado del amor. Es cierto soy un solitario por naturaleza, mi enfermedad es la misantropía pero no puedo evitarlo, con esta primera experiencia sentí que hay golpes en la vida tan fuertes que pareciera que son señales, señales no se si de advertencia o anuncio pero que están ahí, al frente de nosotros como si esperasen el instante adecuado para manifestarse e indicarnos el rumbo. Pero yo nunca las veo o mejor dicho, nunca las quiero ver, y no es que me haga el idiota sino que simplemente yo no creo en el destino, no me caben en la cabeza esas tonterías de “todo pasa por algo” o el “dios sabe por qué hace las cosas”. Quizá por eso mi vida sea algo desorganizada pues yo ya no pienso ni con la cabeza, ni con el corazón, yo me dejo llevar por el instinto y no por las emociones. Pues aprendí que ellas son las que te oprimen, te vuelven un ser lánguido y sin voluntad, te asfixian hasta el punto de convertirte en algo que realmente no eres. Lástima que me di cuenta demasiado tarde.
La inminente llegada del primer año trajo consigo la inquietante incertidumbre acerca de qué hacer o qué regalar para tan “magno” acontecimiento. Yo, por mi parte, pensaba en peluches, rosas y chocolates debido a que la mariposa traicionera era y es una de esas chicas del montón. Y discúlpenme por lo feo que pueda sonar esta expresión pero es cierto, retomando la idea del “cliché andante” que trate hace creo dos post, ella estaba dentro del grupo cursi, jodidamente meloso y del pensamiento “Yo solo voy a Larcomar o al Parque de la Amistad” que definen al común denominador de las chicas.
Por lo que pueden suponer mis opciones eran muy limitadas así que por mi parte no había problema alguno. Sin embargo, ella al parecer sufría cada vez más mientras se acercaba la fecha de la “celebración”. No sabía que obsequiarme pues según ella yo tenía gusto muy pocos comunes o “raros”. Quizá tenía razón, a comparación de varios chicos de mi edad y especialmente de mi promoción del colegio tengo gustos muy pocos convencionales algo que algunos malinterpretan como “exquisitos” o “frívolos”.
En esas cavilaciones estábamos cuando en uno de esos tantos rutinarios recreos decidimos no regalarnos nada para evitar complicaciones y acordamos que pasar el día juntos iba a ser el mejor regalo para los dos. Cada vez que me acuerdo de esto no puedo evitar sentir cierta vergüenza de cuán cursi actué en ese momento.
Llegué al Parque de la Amistad un cuarto de hora antes de lo pactado y como siempre ella apareció cerca de una hora después (su impuntualidad es una de las cosas que más recuerdo). Apenas se acercó me pidió disculpas por la tardanza, algo a lo que no preste atención pues me sabía sus excusas de memoria: “No había con quién dejar la casa”, “tuve que acompañar a mi hermano a...”, “Mi mamá me mandó a hacer unos encargos”, “Mi papá me hizo problemas antes de salir”, etc, etc, etc.
Yo escuchaba algo fastidiado y solo atiné a responder con un fugaz “No te preocupes (ya estoy acostumbrado)”. Obviamente la última parte de la frase nunca salió de mi boca, pues no quería comenzar una discusión sin sentido justo ese día y en ese momento. Es así que forzando una sonrisa que pareció de lo más real, tome su mano y empezamos a caminar alrededor del parque.
No recuerdo de qué hablamos exactamente pero si, el momento en el que nos sentamos en una de las bancas alrededor de la alameda y ella me dijo que solo se quedaría un rato más. El fastidio del comienzo volvió a subir a mi garganta y entonces exploté. Le dije que pareciera que a ella le importaba un pepino ese día, no se esforzó por dejar de lado su usual impuntualidad y además se había mostrado de lo más fría mientras caminábamos.
Ella me escuchaba atenta y me miraba con los ojos bien abiertos. Pese a lo predecible de su respuesta no pude evitar que mi fastidio disminuyera ni un poquito. “Raúl yo no me mando sola”, me dijo. La gente que pasaba nos miraba compasivamente. Los dos nos quedamos callados y buscamos tranquilidad fijando la mirada en algún otro lugar del parque, excepto los ojos del otro.
Cuando nos decidimos a hablar, nos dimos cuenta que el dia ya se habia arruinado por completo. Y despues de otra tonta discusion me pare y me fui sin decir ni una palabra. Estaba hecho, otro dia perdido, otro dia marcado quiza por el tedio y la rutina que ya empezaban a aflorar. Cuando estaba ya por llegar a la entrada del parque me detuve sin saber por que y despues de unos minutos me sorprendi emprendiendo el tonto regreso en busca de la mariposa. Vuelve el perro arrepentido con el rabo entre las patas, no debi regresar no debi disculparme y someterme a la humillacion de ser yo quien cediera, como pasaba siempre. Pero regrese y no pude evitar el notar cierta mueca de satisfaccion en su rostro. La bese y simulamos estar de las mil maravillas durante los siguientes 60 minutos. Es asi que para cuando estaba regresando a mi casa senti cierta frustracion que relacione con mi debilidad mental. En cierta forma comprendi que a partir de ese dia muchas cosas habrian de cambiar, y para mal.


miércoles, 6 de agosto de 2008

Behind blue eyes... (sobre "No te preocupes, ojos azules")




“Moon River wider than a mile, I’m crossing you in style someday...”
Frank Sinatra

Es la noche del 5 de abril de 1994 y Kurt Cobain está sentado en un sillón de su solitario departamento en Seattle, con un rifle apuntando a su garganta listo para suicidarse; cuando de pronto escucha una serie de rítmicos chasquidos de dedos seguidos por una voz profunda y sensual, la voz de Frank Sinatra, cantando, irónicamente, “The best is yet to come” y presentándose como un emisario cuya labor es la de disuadir a Kurt por mandato divino. Este es, en líneas generales, el argumento de “No te preocupes, ojos azules”, escrita por el dramaturgo mexicano Sergio Zurita y dirigida magistralmente por Alberto Isola.
El diálogo entre estos dos grandes y contrastantes iconos de la música popular de la segunda mitad del XX puede parecer un ingenioso experimento (en palabras del propio Isola) del tipo “¿Qué pasaría si juntamos en una habitación a tal con tal?”. Sin embargo, más que una simple experimentación, esta pone sobre el tapete un tabú, un tema de esos que prefieren evitarse en conversaciones de té, como es el del significado de la masculinidad.
¿Qué hace “hombre” a un hombre? ¿Son acaso el éxito, la competencia y el estar con varias mujeres a la vez conceptos que definen el grado de virilidad de un individuo? ¿Son la fragilidad y el llanto “causales de la descalificación masculina”? ¿Es el triunfo algo inherente al hombre? Sinatra (interpretado por Fernando de Soria) es el arquetipo del hombre “ganador”, el mero macho que trae a todas las chicas literalmente a sus pies, mientras que Kurt (interpretado por Joaquín de Orbegoso) se nos muestra como un lloroso y debilucho sujeto a punto de quitarse la vida al sentirse presionado por una Courtney Love (su esposa) que en vez de ayudarlo con su adicción a las drogas lo destruye cada vez más y asfixiado por la fastuosidad y el lujo que le rodea. Sin embargo, conforme transcurre la conversación entre estos dos “triunfadores” descubrimos que no son tan diferentes como suponíamos.
Ambos tuvieron una infancia dura y solitaria, marcada por la pobreza y el sueño de salir de ese estado miserable en busca de mejores oportunidades. Es más, cuando en un momento de la historia, Frank, luego de expresar su gusto por algunas canciones de Cobain, le pide su famoso disco Nevermind, y lo examina atentamente mientras Kurt le explica que la idea del bebé nadando en una piscina fue debido a que él se había soñado una vez nadando en aguas tan azules “como los ojos de Frank Sinatra”. En este momento el diálogo quizá algo lejano y burlón al principio se convierte en una entrañable conversación padre – hijo, pues Kurt es, en palabras de Frank, “literalmente el niño de sus ojos”. Frank y Kurt, por lo tanto, muestran tanto signos de debilidad como de fortaleza lo que los hace reflejarse en un espejo como dos gotas de agua.
Obviamente todos sabemos que Frank no logra disuadir a Kurt pues este se mata esa misma noche, pero resulta interesante como logra entender y permite, después de todo, la muerte de su protegido. En un último intento de impedirlo acepta un desafío de naipes de Kurt confiado en su eterna e invencible habilidad con los juegos de azar. Ambos acuerdan que el que saque la carta con el menor número pierde. Frank saca una Reina de Diamantes y cuando ya estaba festejando Kurt, vacilante, extrae su naipe para darse con la sorpresa de haber obtenido un As. Frank ha perdido y cabizbajo acepta la decisión de Cobain no sin antes concederle una última petición: cantarle Moon River. Sinatra, conmovido, acepta y Kurt, sentándose en el sillón con el rifle en brazos, escucha atento y nostálgico la canción que marcó su infancia en los barrios del Whiskah, soñando con cruzar el Missisipi como Huckelberry Fynn. Al terminar Frank le lanza una última y entrañable mirada para luego despedirse con un “Adiós Kurt” a lo que este, con una cálida sonrisa, responde con un lacónico “Adiós Frank”. Kurt, en la oscuridad de su departamento toma el rifle y apunta a su garganta, listo para “cruzar el río”.

Al final Frank entendió que “cruzar el río” era para Kurt un simple paso, el paso a otra etapa del sueño de un mundo sin presiones, un mundo en donde se viva la verdadera libertad lejos del asedio de un mundo regido por los prejuicios (feminismo/machismo, etc), la injusticia, la intolerancia y el poco entendimiento entre las personas. El sueño de Kurt puede parecer algo totalmente idealista, pero en realidad, todos, en el fondo, anhelamos lo mismo, todos queremos saber lo que se esconde detrás de los ojos azules.

lunes, 4 de agosto de 2008

Y alucine que tenia poder... (Mi mensaje a la nacion)/ Parte 1


Las Fiestas Patrias suelen ser para muchos de nosotros sinónimo de atroz aburrimiento y para otros la oportunidad para echarse una bombaza similar a las de “Semana Tranca”. El tedioso y repetitivo discurso presidencial, el largísimo Te Deum y la no menos asfixiante parada militar son transmitidos religiosamente cada año por todos los canales de señal abierta sin contar los infaltables programas de debate y análisis los cuales hacen mas insoportable los dos días de enmascarado patriotismo. ¿Es necesaria tanta parafernalia para que después de esta “Fiesta de la Patria” las cosas sigan igual y la actitud del peruano sea la misma actitud mediocre e indiferente ante los verdaderos problemas del país?
Me tildarán de pesimista y aguafiestas pero ¿cómo podemos hablar de respeto a la bandera, de sentirnos peruanos cuando un señor ministro hace de un simple inconveniente de intereses privados un escandalete a nivel nacional? ¿No es más deshonroso llenarse los bolsillos de plata fácil viendo cómo el país sigue casi igual a como lo dejo el dictador hace 8 años? Enhorabuena que la pobreza haya disminuido 5 puntos porcentuales, pero qué se ha dicho de los pobladores de Huancavelica, el departamento más pobre del Perú, de los cuales el 85.7% vive en condiciones de miseria sin contar la alta tasa de desnutrición crónica la cual mata a 134 de cada mil infantes menores de un año. Estos datos recogidos de un informe que presentó el diario Perú 21 el martes 29 de julio del presente año nos revelan, también, el alarmante incremento de las infecciones respiratorias agudas (IRA) de las cuales, de enero hasta la fecha, se han registrado 22 877 casos mientras que el año pasado, durante el mismo período y con la misma duración, se contabilizaron 21 734 casos.
El presidente en su mensaje planteó la posibilidad (y digo “posibilidad” porque con la clase política que tenemos es obvio que la promesa no será más que palabras como todas las demás) que dentro de un plazo de 100 días la Oficina de Normalización Previsional (ONP) estudiará (no “encontrará” sino “estudiará”) una solución legal para el pago justo y necesario de las pensiones de los jubilados, aquellos que a costa de sangre, sudor y muchas lágrimas dedicaron prácticamente toda su vida a sacar adelante a sus familias y a nuestro país y que ahora reciben un cruel espaldarazo de aquellos quienes tanto les deben. ¿Cómo hablamos de progreso cuando hospitales como el Rebagliati no cuentan con los equipos necesarios pues los que poseen o están muy desvencijados o se encuentran en un estado demasiado obsoleto para seguir funcionando, recurriendo así al uso de instrumentos de mecánica, cocina o construcción tales como llaves, cuchillos o taladros?
Volviendo al tema del ministro, luego de escuchar el mensaje presidencial, al señor Flores – Araóz, un periodista del diario Perú 21 le volvió a preguntar por el tema de la bailarina sobre la bandera a lo que éste respondió molesto: “Oiga, yo creo que hoy día, que es 28, hay temas más interesantes” Que tal con...ciencia, pero si fue el mismo otorongo (digo ministro) el que ensalzó tanto este tema que hasta permitió la grabación de la reunión en la cual la bailarina Leysi Suárez le pedía unas disculpas innecesarias, para luego propalarlo por la televisión no solo nacional sino también internacional en claro signo de desvergonzado “figurettismo”. ¿Quién no nos garantiza que detrás de gran careta de moralismo hipócrita, aquellos quienes tanto show hacen por este simple altercado tengan la revista bien guardada en uno de los cajones de su escritorio sacándola a escondidas cada vez que pueden queriendo sacar su senil libido a la luz por un momento?

miércoles, 9 de julio de 2008

Betrayal butterfly ( parte 7)




“I did no recognize the chaos that controls my mind...”
Maroon 5
El conocer a los suegros ha sido, desde siempre, uno de los aspectos más temidos en una relación y mi caso no fue una excepción a la regla. En cada una de las consuetudinarias y casi religiosas visitas a su casa cualquier ruido era percibido como una muestra de alerta ante la inminente presencia paternal. Más de una vez estuvimos a punto de ser “ampayados” in fraganti en pleno besuqueo momentos en los cuales temí ser perseguido y abollado por un furibundo suegrito convertido en el increíble Hulk con escoba y sartén en mano.
Y es que sus papás eran tan pero tan sobre protectores que, sabiendo que yo estaba con ella en la sala, buscaban cualquier tonto pretexto del tipo “olvide mis lentes en la mesa”, o “voy a la cocina por un vaso con agua”, para bajar y echar un ojo a lo que estábamos haciendo. Además, cuando salíamos la llamaban cada media hora para saber como y donde estaba y para recordarle que la iban a pasar a recoger a eso de las 7:00 p.m. (me van a decir que no era temprano). Es por ello, que debido a las inquisidoras y continuas miradas de sus papás y el resto de su familia (y también de la mía) decidimos contárselos para “formalizar” la relación.
Para mi, los primeros intentos resultaron, vale decirlo, infructuosos. Cada vez que intentaba decírselo a mi papá las piernas me empezaban a temblar y empezaba a sudar frío. No todos los días uno le confiesa a sus padres que esta con una chica y especialmente en el caso de los primerizos, como yo, (y perdónenme la expresión) a uno “se le encogen los huevos”, se muñequea y empieza a balbucear, soltando monosílabos (“arrr”, “duh”) como lo haría Homero Simpson. Pues bien, después de muchos intentos una noche encararlos a los dos, y citándolos en mí cuarto trate de hacerlo lo más breve posible. Pero lo único que logre fue confundirlos aún más pues de mi boca solo salió una frase a medias, emitida a la velocidad de la luz: “Papá, mamá... es...t....c...ch...k, su no...b..e.... es kr....l.... Me sentí tonto y con la mirada al suelo me quede en blanco por un momento que pareció ser la eternidad entera. Ellos me miraban entre extrañados y aterrados como si estuviesen viendo una película de Alfred Hitchcock o Luís Buñuel. Es entonces cuando no sé de donde surgió una enfermiza valentía con la cual pude emitir la bendita frase completa y “más calmadamente”. Mis papás me miraron atentamente, pareciera que estaban esperando ese momento desde hace tiempo pues no se sobresaltaron ni un poco. Lo que sigue es una larga conversación (¿o cátedra?) sobre madurez, sexo y enamoramiento que no viene al caso narrarla. Lo cierto es que ellos lo aceptaron y no me pusieron ninguna traba en el camino.

A la mariposa traicionera le fue mejor, quizá porque ella y sus papás ya habían pasado por lo mismo pues yo era el cuarto o quinto en su lista. Lo cierto es que a partir de ese momento nos quitamos un gran peso de encima y pudimos disfrutar (¿?) de la relación en toda su plenitud. Sin embargo, el tiempo comenzaba a imponerse y con él la rutina, el desgaste y los celos empezaron a aflorar. Ya a punto de cumplir el año (dispensadme por el uso este cliché), comenzó el principio del fin y con este, el inicio de mi auto destrucción y catástrofe interior. En este caso, después del sol, salio la tormenta...