viernes, 29 de mayo de 2009

La medianoche del Nacional: Iron Maiden en Lima (Chapter the second)


“Running, scrambling, flying,
Rolling, turning, diving, going in again”
Steven Harris

Jorge quería comprar un polo. A tres metros nuestro un chico alto, espigado, pelucón, despeinado y notoriamente metalero ofrecía su mercancía a viva voz. Decidí comprarme uno yo también. Quizá así podría pasar encaletado entre tanto atolondrado y hardcore fan enamorado. Le pagamos treinta soles por las dos prendas y él nos devolvió el cambio agradecido, mientras comentaba que ya podría empezar a buscar una entrada y entrar al estadio lo más pronto posible. Extendí la prenda ante mis ojos para examinarla en su totalidad. El pecho mostraba las palabras IRON MAIDEN en llamativo escarlata y bajo ellas, un cráneo con casco militar parecía flotar sobre dos metralletas blancas con fondo salpicado de sangre roja a borbotones y con la consigna “A matter of life and death” como atractivo secundario; mientras que atrás rezaba “Somewhere back in world time (el nombre de la gira, al parecer), 26 de marzo del 2009. Lima – Perú”. Jorge se sacó el polo que llevaba puesto y se cambio rápidamente en plena calle. Yo conservé mi prenda en la mano mientras pasábamos los primeros chequeos de seguridad del Estadio, y pensé en la frase impresa “Un asunto de vida y muerte”, mientras subía las escaleras de la Tribuna, aún temblando de miedo por la locura que estaba a punto de cometer.
Un mar negro, eso es lo que era el Estadio Nacional en ese momento. Cientos de fans con las prendas de oscuras de rigor, sentados en el césped del maltratado campo. Arriba, en Tribuna Norte, se vivía un ambiente muy similar al de las zonas de stand up. El alcohol, tabaco y la marihuana se repartían por doquier sin restricción alguna. Tres escalones más abajo un grupo de metaleros cuarentones se bañaba literalmente en cerveza cristal, mientras celebraban jubilosos la ya inminente y pronta llegada del show de la Dama de Hierro en unas pocas horas. Uno se había sacado el polo intentando bailar frenéticamente a lo Van Kilmer haciendo de Jim Morrison en la película de Oliver Stone. La gracia le costó una estrepitosa caída sobre un cúmulo de latas regadas en el suelo. Las risas no demoraron en llegar. El tipo ya estaba definitivamente camino a la falta de conciencia siendo apenas las seis de la tarde. Pero lo que realmente me dejó atónito fue ver a una orgullosa madre con su retoño de unos tres años en brazos, el cual tenía una larguísima y enmarañada melena negra que le tapaba la mitad de la cara y vestía una versión miniatura de los polos que todos tenían puestos, siempre con la imagen de Eddie con un fusil o la bandera de Gran Bretaña siendo ondeada triunfalmente.
Al cabo de una hora, el Estadio estaba ya a punto de llenarse. Los palcos rebosaban de gente y Run to the hills recibía cada vez más grupos de fanáticos. The Trooper, la zona más cercana al escenario ya no podía albergar ni siquiera un alfiler y 2 minutes to midnight calentaba las voces practicando porras al azar. Las luces se apagaron unos minutos después M.A.S.A.C.R.E apareció en el escenario entre vítores y miradas algo escépticas por parte de algunos fanáticos (o al menos eso pasó en Tribuna Norte) que no cesaban de gritar: “¡MAIDEN, MAIDEN, MAIDEN!”.
¡Qué de concha de su madre es estar aquí! ¡Vamos a hacer explotar esta mierda, carajo; porque la bestia ya está en el Nacional! – Era Adrián del Águila, vocalista del grupo con su singular saludo a la audiencia metalera. De entre los cinco grupos que se les plantearon en un principio, la Dama de Hierro había depositado en este la difícil tarea de calentar a las 35 000 furiosas almas en el Estadio Nacional, cosa que cumplieron a cabalidad solo con apenas 30 minutos de show a punta de fuerza, rugidos y guitarras asesinas en potencia.

martes, 7 de abril de 2009

La medianoche del nacional: Iron Maiden en Lima (Parte 1)



"Wherever yo are, Iron Maiden's gonna get you. No matter how far."
Bruce Dickinson

Cuando recibí la invitación vía facebook para el concierto de Iron Maiden, no se me por la cabeza ni la más remota idea de asistir. En realidad nunca había escuchado heavy metal, o si lo había hecho solo atinaba a prestar atención a los primeros segundos del tema para luego cambiarlo por uno de mi propia selección musical. Quizá por ello me mostré tan escéptico cuando Jorge Ricaldi, un amigo del colegio, me buscó en uno de los huecos de la universidad para animarme a ir al “show más alucinante en la historia de la humanidad”, un show imperdible ya seas fanático o no porque ver a la Dama de Hierro es algo así como una once- in- a- lifetime ocassion.
No supe que responder en ese momento. Planeé negarme pero lo noté tan insistente que no me quedó de otra que barajarla y atinar a un escueto “voy a pensarlo”. Más tarde recibí una llamada de él. Otra vez la misma pregunta y yo me quedé mudo por un rato. Sabía lo que tenía que decir pero por alguna extraña razón había estado averiguando más sobre el grupo en cuestión. Más allá de lo que Jorge me hizo escuchar por medio de su celular, logré indagar sobre algo los inicios de la banda, el estilo especialmente particular que poseen y sobre todo por qué tienen, a pesar de ser una banda relativamente longeva, seguidores que, como más tarde lo comprobaría, darían la vida por ellos. Mi respuesta, está de más decirlo, fue afirmativa. El, entusiasmado por haber logrado convencerme, me dijo que me buscaría al día siguiente en la universidad a eso de las doce del día para comprar las entradas y dirigirnos, con premura, al Estadio Nacional, sede del gran acontecimiento metalero.
Eran casi la una de la tarde del jueves 26 de marzo, cuando Jorge empezó a llamarme insistentemente al celular. El tontódromo de la Universidad Católica rebosaba de gente eufórica y polos negros con la imagen de Eddie, la mascota maidenesca, en clara actitud desafiante. Encontré a Jorge entre la oficina de asociación de graduados y el cafetal junto a la librería PUCP. Un alegre pasacalle apareció desfilando junto al comedor de Letras mientras nosotros nos dirigimos a la puerta principal, con dirección al Plaza Vea ubicado en la avenida La Marina. Compramos dos entradas en tribuna. Cada una con un valor de veintinueve soles, baratísimo para un concierto de tamaña popularidad. Quedamos en ir a nuestras respectivas casas para almorzar y vestirnos para la ocasión. Lo último fue quizá el primer gran reto que me tocó afrontar.
Estaba claro que mi aspecto podía ser todo menos el de un metalero. Mis rulos, aunque alborotados, contrastaban con las largas, enredadas y lacias cabelleras de los individuos de mirada dura y algo sombría. Los dos únicos polos negros que tengo estaban, precisamente esa semana, en lo más hondo del cesto de la ropa sucia. No tenía opción. Extraje uno de ellos entre un amasijo de medias y demás prendas sudorosas y me lo puse resignado junto con un par de blue jeans medio gastados. Busqué en mi armario un par de zapatillas que pasaran encaletadas entre las botas de construcción tan típicamente hardcore y salí de mi casa con la entrada, mis llaves y treinta soles en el bolsillo.
Llegamos al estadio a eso de las cinco de la tarde. Durante todo el trayecto el celular de mi amigo no cesaba de reproducir, una tras otra y en secuencia interminable todas y cada una de las canciones del grupo de Bruce Dickinson y compañía. Los alrededores del Estadio Nacional estaban repletos de de gente con polos negros, cajas de cerveza y olor a cigarro Hamilton. A lo lejos logré interceptar dos de las numerosas carpas pertenecientes a los numerosos fanáticos que habían pernoctado en el lugar con el fin de conseguir las mejores ubicaciones para el acontecimiento de sus vidas. Caminamos unas cuadras en dirección a la entrada de la tribuna norte. Oí una voz de mujer y volteé. Una señora de unos cuarenta y cinco años con el polo negro de rigor, una lata de cerveza Cristal en la mano derecha y un pucho a medio terminar en la otra, rodeada por tres personas más con las mismas características llamaba a un sujeto que no logré divisar pero al escuchar la frase “A los años, ¿dónde está tu polo?” y mientras abría los brazos fofos en señal de recibimiento supe que en ese momento acontecía lo que parecía ser un raro y entrañable reencuentro de promoción.
Caminamos unos metros más. Una señora de tez oscura y vientre muy pronunciado pregonaba “tengo entradas a rrun tu da jils, y a tu minuts tu midnaijt” mientras vendía mentitas y cigarros al mismo tiempo. Las infaltables reventas antes del concierto eran tan típicamente peruanas que solo se me ocurrió sonreír sin motivo alguno. Jorge quería comprar un polo. A tres metros nuestros un chico alto, espigado, pelucón, despeinado y notoriamente metalero ofrecía su mercancía a viva voz. Decidí comprar un polo yo también. Quizá a si podría pasar encaletado entre tanto atolondrado y hardcore fan enamorado. Le pagamos treinta soles por los dos polos y el nos devolvió el cambio agradecido, mientras comentaba que ya podría empezar a buscar una entrada y entrar al estadio lo más pronto posible. Extendí la prenda ante mis ojos para examinarla en su totalidad. El pecho mostraba las palabras IRON MAIDEN en llamativo escarlata y bajo ellas, un cráneo con casco militar parecía flotar sobre dos metralletas blancas con fondo salpicado de sangre roja a borbotones y con la consigna “A matter of life and death” como atractivo secundario; mientras que atrás rezaba “Somewhere back in time (el nombre de la gira, al parecer), 26 de marzo del 2009. Lima – Perú”. Jorge se saco el polo que llevaba puesto y se cambio rápidamente en plena calle. Yo conserve mi prenda en la mano mientras pasábamos los primeros chequeos de seguridad del Estadio, y pensé en la frase impresa “Un asunto de vida o muerte” mientras subía las escaleras de la Tribuna, aún temblando de miedo por la locura que estaba a punto de cometer.

Geminis


El revólver parecía a punto de resbalarse entre sus dedos llenos de sudor y sangre humana fresca de la última víctima que acababa de cobrar. Ladeó la esquina sin bajar el arma, se secó el sudor de la frente con una de las mangas de su camisa a cuadros y siguió caminando hacia la puerta entreabierta que distinguió entre la oscuridad total del lugar. Su corazón latía como una bestia tratando de zafarse de la prisión interna planeando una embestida asesina. Llego a la puerta, respiró hondo y la abrió mientras las bisagras chirriaban delatando la gran cantidad de óxido y decrepitud de la casa adobada, perdida en lo más remoto de los silenciosos cerros huamanginos.
Entró. La madera bajo sus pies pareció crujir emitiendo un ruido seco y lúgubre. El aire olía a decrepitud y montaña y el viento azotaba las cortinas de trapo blanco contra la pared de adobe manchada de suciedad doméstica. El cuarto estaba vacío. Solo unas hilachas de paja de establo flotaban en el aire por el vendaval procedente de la chacra contigua. El arma temblaba incesante entre sus manos empapadas de sudor frio. Avanzó. Una sombra se erguía de espaldas ante él, pero esta sombra le resultaba curiosamente familiar. Era el mismo porte, la misma camisa, el mismo cabello y el mismo fétido olor rojo muerte en la ropa. Vaciló y detuvo su marcha. Bajó el arma y habló, aunque sabía de antemano la respuesta de la sombra, así como esta sabía lo que el coronel Roberto Araujo habría de preguntar. A pesar de su pobre manejo del quechua, levantó el arma y con la típica voz propia acorde a su ostentoso cargo policial gritó.
- ¿Imataq sutiyki?
La figura del hombre frente a él no se inmutó. Seguía de espaldas como si no hubiese escuchado absolutamente nada. - ¿Imataq sutiyki?. El coronel se empezaba a impacientar. Nunca nadie había ignorado una increpación suya, siempre fue tan apreciado, tan tomado en cuenta, tan admirado por sus subalternos que no necesitaba terminar de dictar la orden para que su gente la cumpliera a cabalidad y en el menor tiempo posible. -¿Imataq sutiykikiiii? Se sentía ridículo gritándole a la espalda del sujeto frente a él. No lo toleraría más, al coronel Roberto Araujo nadie lo ignora y menos un pobre civil que osaba vestirse idénticamente a él. Bajó el arma de nuevo y con la ira saliéndole por los poros se acercó, tomó el hombro izquierdo del sujeto y lo samaqueó mientras descargaba la ira e impaciencia acumulada durante días y horas pasadas. – Escúchame bien huevón. Conmigo nadie se hace el loco y menos un indio malnacido como t…
Soy Roberto Araujo. Soy tú y tú eres yo, coronel. – La sombra había volteado y ahora lo miraba directamente a los ojos. Un suave halo de luz lunar lo bañaba en medio cuerpo, mientras la otra parte permanecía aún en la oscuridad. El coronel calló por un momento. Se miraba a si mismo frente a él y sin embargo estaba seguro que no era él a quien veía. Era imposible que se viera y escuchara. – Debe ser producto de alguna hechicería de estos campesinos de mierda. Tú no existes, yo soy el único que está aquí. Tú no eres real, tú no eres más que un producto de mi imaginación. Este maldito pueblo me está volviendo loco. –
Yo soy tan real como tú. Yo también asesiné a esa gente. Yo vi cuando lo hicimos y disfruté sus gritos mientras los descuartizabas y colgabas sus restos en los postes de la plaza para que los perros se los coman, los gocé tanto como tú. Yo soy el coronel Roberto Araujo.
El coronel tambaleó y retrocediendo aterrorizado, tropezó con un costal de papas en medio del suelo polvoriento. A tientas buscó su arma, tenía que acabar con el sinvergüenza que tenía adelante. Era totalmente inadmisible que un civil osara a imitarlo, a querer suplantarlo. Un impostor no podía ser tolerado. Lo arrestaría ahí mismo, lo encerraría en la más mugrienta de las celdas y al día siguiente le daría una sanción ejemplar porque en su jurisdicción nadie se mofaba de él y quedaba bien librado tan fácilmente. Casi a tumbos, se levantó y estirando su torso al máximo, como queriendo recuperar su imagen autoritaria, se enfrentó a la sombra que decía ser él mismo.
Queda usted arrestado por faltar el respeto a la autoridad, no intente oponerse y agáchese con las manos sobre la cabeza. - Su voz sonaba falsamente segura. Sabía que había algo ahí que no cuadraba pero se negaba a aceptarlo. Ese hombre frente a él se le parecía tanto, pero no; no había posibilidad alguna para alguien tan porfiadamente poco supersticioso como él que lograra convencerlo que hablaba consigo mismo, o con algo tan pocamente etéreo que parecía de carne y hueso. El impostor lo escuchaba divertido mientras el coronel pensaba en destrozarle el cráneo a culatazos por la insistente insolencia del individuo. - ¿Aún no lo entiendes, Roberto? Tú mataste a esas personas. Tú eres el asesino que tan febrilmente han estado buscando tanto tú y tu tropel de buenos para nada. Siempre tuviste al asesino literalmente pisándote los talones. Tu ineptitud, tu excesiva confianza y la de otros depositada en tu trayectoria impecable, tu tino y responsabilidad para con el país te hizo creer que estabas libre de toda sospecha. Esos años sirviendo en el glorioso ejercito peruano bastaron para crearme y crecer en ti, un asesino en serie un enfermo mental sediento de sangre. Este eres tú. Este es el coronel Roberto Araujo, poseedor de la Medalla del Sol en Orden de Gran Cruz, el hombre que acabó con el régimen del Terror y que creó uno más cruel y despiadado. ¿Qué harás ahora? ¿Entregarte como un soldado fervoroso y fiel al servicio de la Patria o huir como el más vil de los terrucos que mataste tantos años atrás? Tienes dos opciones y poco tiempo para decidir. Tus oficiales están cerca y lo sabes. Llegarán en cualquier momento y quieras o no tendrás que confesar los crímenes. Un mártir, un héroe de la Patria cae, un bestia, un animal se levanta. Tú decides. Me dejas actuar a mí o huyes como un maricón montaña adentro, en medio de la nada para pasar de cazador a presa. ¿Tú sangre o la de ellos falso patriota?
El coronel Roberto Araujo, atónito, sentía resbalar lágrimas de ira profunda sobre sus recias mejillas de volcánico luchador. Toda una vida, todo su talento, todo el sudor y los años sacrificados por su país se habían ido a la mierda de un momento a otro. Pero aunque sabía que lo que le decía el otro coronel era verdad, se negó a dejarse vencer tan fácilmente. Así, con toda la ira que podía acumular en sus fornidos brazos se abalanzó sobre él. Rodaron por el suelo y forcejearon un buen rato. Los puñetes y las patadas se repartían por doquier. El coronel lloraba de resignación y vergüenza. Había traicionado a su tierra y para eso solo había una solución posible. La sabía muy bien. Era parte fundamental del código de honor espartano que había aprendido a medias hacía años sentado sobre dos pares de ladrillos y apoyado sobre una tablita de madera podrida, zapatos sucios por el polvo de la pichanga, carita sudorosa y chaposa, ojos de abogado soñador, bajo un precario techo de esteras que lo protegían parcialmente del inefable sol de marzo en las vastas y nostálgicas pampas ayacuchanas.

sábado, 28 de febrero de 2009

Cacofonia


Lately, I've got a very worrying lack of inspiration
No se como, ni por que diablos paso
Solo se que empezo desde que tu te fuiste.
SILENCIO, el noctambulo silencio da la bienvenida
a la distinguida concurrencia.
Mi inspiracion y tu van a la matine en primera fila.
Las cacofonias de un bandoneon desafinado y un saxo lugubre y triste
sirven de soundtrack para la pelicula de mi vida.
El muchacho de misantropia incurable.
El chico sufrido que escribe como una forma de matarse menos cada dia.
La bestia escondida detras del tipo lindo y buena gente que todos conocen.
No soy quien crees que soy
Ni soy quien yo supongo que soy.
Y escribo para no morir, o quiza muero porque pretendo escribir.
Soy una sombra eterea y afasica.
Soy un ermitaño, un poeta maldito.
Y escribo porque asi puedo justificar alguito de mi existencia
en signos y fonemas que dibujan lo absurdo de una vida sin matices grismasoscuro.
Y he escrito esto mientras muero en un sillon, quiza por millonesima vez,
esperando que vuelvas y quiza vuelvas por mi.
La multitud invisible se ha retirado hace mucho.
Y ante ti Luchito Hernandez despliega en el ecran una secuencia de signos criptograficos que descifras con singular turbacion.

T
H
E

E
N
D

Hello,good bye, mi dulce amor.

miércoles, 18 de febrero de 2009

A la opinion publica


"Solo estoy solo y estoy buscando a ese alguien que me esta esperando,
que me entienda y si no me entiende, alguien que me comprenda..."
Andres Calamaro

Cuando mi relacion con la mariposa traicionera termino, me sumergi en un fozo de depresion insondable que me hizo optar por la soledad y solteria absoluta. Jure no volver a enamorarme y por consiguiente a no volver a entablar relacion alguna con ninguna otra mujer en mi vida. Mi estado emocional era catasroficamente desolador, me volvi un esceptico ante la posibilidad de encontrar a eso que a mi parecer llaman la media mitad perfecta. Agobiado y hastiado de lo estupido que habia sido al desperdiciar dos años de mi vida en un relacion totalmente absurda por donde se le mirara, me volvi enemigo acerrimo de todo pensamiento quimerico y fantastico de encontrar a una persona compatible con uno mismo sin salir masacrado y lisiado de por vida en el camino.
Pues bien, tras los comentarios recibidos por personas que leyeron la infame historia de la mariposa traicionera, y mas recientemente, mi critica furibunda pero sincera al muy patetico dia de san valentin, sobre el hecho de mi total reticencia y rechazo al amor, o para ser mas exactos, a no cerrar las puertas de mi ya desvencijado corazon (disculpen el cliche); he decidido reconsiderar de forma parcial mis convicciones sobre el tema. Si bien sere menos cerrado, al punto de considerar la posibilidad de volver a enamorarme algun dia que supongo no sera muy cercano; esto no significara mi total tolerancia a esta forma tan rara de ver la vida que aun no termino de entender. El amor y yo, considero, somos tan solubles como el agua y el aceite. No podriamos cnvivir en un mismo espacio ni el mismo cuerpo porque simplemente uno de los dos tendria que desaparecer. Mi soledad es algo que me caracteriza desde pequeño, siempre me reconocian por ser un muchacho algo ido y melancolico, aunque ella no me impidio estar rodeado de gente buena quienes me querian y a quienes yo retribuia y retribuyo el cariño de forma reciproca. Digamos que la mariposa traicionera fue un quiebre, un huracan que devasto adolescencia dejando, literalmente, mi ecosistema emocional en un caos irremediable. Y ahora, tanto tiempo despues y luego de haber pasado tanto tiempo en compañia de mi deliciosa soledad resultara algo dificil volver a intentar algo con alguien, me cuesta confiar y creer de nuevo en que alguien pueda lograr enamorarme. A quien lo intente tendra una ardua tarea por venir, pero solo me queda esperar a que exista alguien que pueda cambiar mi forma de pensar y logre aguantar mis repentinos ataques de locura; alguien que entienda que el "vivieron felices para siempre" es solo un cuento inventado para aquellos incautos y bisoños individuos que aun ignoran cuan jodida puede ser la vida de un momento a otro. Si la felicidad existe, se construye de dos y mirando ambos en la misma direccion.

sábado, 14 de febrero de 2009

Be my anti valentine


Para Ana Paula, mi anti valentine

"La unica funcion del amor es la de ayudarnos a soportar
esas tarde dominicales,crueles e inconmensurables,
que nos hieren para el resto de la semana y por toda la eternidad"
Emile Michel Cioran

Y llego, ya está aquí, ese fofo, rollizo y blondo bodoque con patas que se hace llamar Cupido. Las calles se tiñen de rosa y los parques se llenan de una procesión multitudinaria y casi religiosa de parejas melosas en extremo y billeteras a punto de estallar en una explosión de gastos innecesarios y vacuos hasta el más ínfimo detalle. En el día del amor y de la amistad, por antonomasia, lo segundo suena más a relleno que a verdadera valoración. La amistad en estos casos queda como premio consuelo para aquellos corazones solitarios; con paréntesis, corchetes y hasta puntos suspensivos que aunque invisibles están presentes como signo determinante del total sinsentido de la celebración. Cupido por lo tanto no es una alegoría del amor puro y sincero (si es que este existe), sino una caja registradora con alas, arco, flecha que no tiene mejor idea que jodernos la paciencia en un día tan cursi como este.
El San Valentín al que hace referencia esta celebración no tiene, en realidad, fundamento histórico que respalde su existencia. Empezando por el hecho de que la Iglesia reconocía cerca de once días de san Valentín y que el 14 de febrero hay tres valentinos agasajados. El primero es el San Valentín romano, un sacerdote que, encerrado en una celda por mandato del emperador Claudio, por casar parejas cristianas en secreto. Ahí conoció a Julia, hija del carcelero y ciega de nacimiento con quien entablo una relación de amistad sincera y a quien antes de ser martirizado le devolvió la visión y le dejo una nota con la frase: “de tu Valentín”. El Valentín de Terni, fue también un religioso empecinado en instaurar el amor en la cruel dictadura romana. Algunas fuentes históricas lo relacionan con el romano, al punto de considerarlos la misma persona. El último es también un mártir mencionado en los martirologios del cual solo se sabe que fue muerto en África junto con otros compañeros. Sin embargo, en el decreto papal, la Iglesia afirma que San Valentín es uno de esos personajes “cuyos nombres son venerados por los hombres, pero cuyos actos sólo Dios los conoce", admitiendo así la absoluta carencia de datos verosímiles sobre este santo. Otro punto en contra sobre esta celebración es que por el hecho de ser una festividad derivada de la cultura romana, está estrechamente relacionada con las Lupercales, sobre las cuales Plutarco escribe:
Lupercalia, acerca de la cual muchos escribieron que antiguamente la celebraban los pastores, y que tiene alguna relación con las fiestas Liceas (de Arcadia). En esa época muchos de los jóvenes nobles y muchos magistrados iban y venían desnudos por la ciudad —por diversión y risa—, azotando a los transeúntes con látigos cerdosos. Y a propósito también se cruzaban con ellos muchas mujeres de rango, que como escolares les presentaban las manos para que les pegaran, creyendo las embarazadas que se les facilitaría el parto, y las estériles que podrían ser fecundadas.
Así, bajo las fiestas de las Lupercales, en lugar de aludir al amor sincero y desinteresado del cual este día hace alarde, descubrimos bajo el disfraz de oveja cándida y pura se encuentra el lobo feroz esperando la primera señal de descuido para atacar con las mentiras y la hipocresía, tan presentes en épocas como la nuestra. Asimismo, la figura de Cupido tan simbólica en esta fecha, tiene sus raíces en el termino Eros, que según el diccionario grecorromano connota en “amor erótico” y no en el amor del que se habla y se defiende por parte de los san valentinianos. Es como si esta pelota alada nos instara a echarnos un polvo rodeados de pétalos de rosa y demás cursilerías agridulces pues san calentin es, realidad una fiesta de la eroticidad y el consumo masivo, un producto que se nos vende como pan caliente, donde los medios nos abarrotan de una avalancha de ofertas en precios de hostales, flores, restaurantes, tarjetas regalos absurdos y hasta poemas on line creados por computadora, toda una fanfarria estridente, una fiesta de la huachaferia.
Si el amor existe (cosa que dudo en base a experiencias pasadas no solo mías sino de personas que conozco) este debería celebrarse todos y cada uno de los días de nuestras vidas, renovándolo para no morir en el vano intento de creerlo imperecedero, pues el amor es solo eso, un estado mental renovable en constante ritmo, un freno a nuestro desarrollo mental pues duela a quien le duela, el amor es una forma de estupidizacion absoluta, un flagelo retardante e infame, un alucinógeno que nos hace sacar lo peor y mas patetico de nosotros y que nos aliviana el sistema inmunológico, nos hace decir babosadas y nos deja muertos en vida una vez que se va. Es por eso que celebro el amor de la amistad de tantas personas que me rodean y a quienes estimo, es por eso que a pesar de mi conocida y ya marcada soledad aun creo en la sinceridad en algunos, que aunque pocos me han demostrado tener un corazón de oro y estar ahí cuando lo necesite. No se enamoren, vivan la vida con el cariño de sus amigos, caminen por el malecón y miren el mar cada vez que puedan y entiendan que el amor es solo eso, un concepto en base a signos gramaticales y fonológicos, una palabra carente de sentido cuando se le analiza minuciosamente y para la cual no existe rango de edad, sexo o raza; simplemente ataca cuando uno menos se lo espera matándonos lentamente como un virus letal y despiadado. Vivan su vida y miren con alegría la de los demás, las cosas solo pasan una vez y el mundo gira locamente para no volver jamás. Anoche pase la mejor desvelada de anti san valentin que pudo haber existido. Y a pesar de los miles de kilómetros que me separan de Lima pienso con optimismo que nunca he sido feliz, pero al menos he perdido varias veces la felicidad.

martes, 3 de febrero de 2009

Cowboy story (Chapter the second)


Cuando hube recogido mis maletas despues del respectivo y minucioso chequeo en el departamento de migraciones, y luego de haber pagado el impuesto de salida previo al embarque de pasajeros, me derrumbe, junto con mis maletas, en uno de los frios escalones de ceramica que abrian el corredor repleto de tiendas y souvenirs peruanos. A lo lejos un grupo de musicos ataviados con coloridos trajes tipicos de nuestro pais, tocaban alegres y nostalgicas melodias al ritmo de zamponas, quenas y bombos.La gente, en su mayoria curiosos blondos turistas de camara en cuello, se acercaban animosos y no dudaban en dejar uno que otro billete o moneda en un negro y rustico sombrerito de pano mientras ensayaban (o al menos lo pretendian) unos torpes pasos baile que mas parecian aludir a los tumbos de un comico beodo al borde del colapso total que a un festivo danzante en union con la pachamama.
Pasaron unos minutos cuando me decidi a pararme y caminar por cada tienda antes de entrar a la sala de abordaje. Vi casacas, chullos, el cd del cholo soy que habia servido para una de las escenas de la pelicula mas reciente de James Bond, enciclopedias, etc. Los musicos atraian cada vez mas gente y el sombrero en el suelo se llenaba cada vez mas de billetes verdes con el rostros de Jackson y Washington y monedas de dos a cinco soles. Vage cerca de media hora entre souvenirs y turistas sonolientos hasta que decidi dirigirme a la sala de embarque. La encontre medio vacia. Un asiatico con apariencia de hacker dormia placidamente sobre sus maletas y yo no encontre mejor opcion que hacer lo mismo. El asiento al que me dirigi era, esta de mas decirlo, pequeno e incomodo. Tuve que arreglarmelas para acurrucarme junto con mi maleta fosforecente y mi bolso de mano mientras un exageradamente rollizo texano con sombrero de cowboy se acomodaba precisamente a mi costado junto con su esposa igual de obesa y sudorosa. Me imagine a mi mismo meses despues, regresando a Lima con un sombrero asi y con acentuado y canturron acento sureno propio de las gentes descendientes de los antiguos cowboys a los que habia conocido por medio de los westerns que habia visto desde pequeno durante aquellos entranables fines de semana junto con mi abuelo Maximo. Pero no, no me dejaria alienar como tantos otros latinos que buscan el mal llamado american dream porque para mi ese ideal de la vida perfectamente nortemaericana era un mero cuento chino a los que estamos acostumbrados por vivir precisamente en un pais mediocre y con un clase politica que deja mucho que desear. Me prometi regresar igual o mejor de como me fui, pero nunca transformado ni hecho un cholo agringado, pues cholo soy y no me compadezcas.
Atencion pasajeros del vuelo CO-091 de Continetal Airlines, sirvanse pasar a la sala de embarque numero 6 …– habia estado durmiendo cerca de media hora cuando la voz de la mujer robot me saco de mi sueno de inca kola y arroz con leche. No habia ni abordado el avion y ya empezaba a extranar, a pesar de todo y todos, al Peru con el trafico infernal de la Arequipa y la Javier Prado a las siete de la noche, con las huelgas diarias y casi religiosas de medicos y profesores, con el precio excesivamente del combustible y el pasaje universitario y por los fracasos continuos de la seleccion de futbol que se dicen ser profesionales y solo juegan por el dinero y no por amor a la camiseta.
Ultimo llamado para los pasajeros del vuelo CO-091 de Continen…- era hora. Tome mi maletin de mano y a rastras me dirigi al gate numero 6, mi maleta se negaba a avanzar y por una extrana razon parecia hacerse mas pesada a medida que me acercaba al umbral decisivo entre el Peru y norteamerica. Cuando mis documentos fueron revisados por ultima vez supe que era tiempo de decir adios a las frias paredes blancas que era el unico pedazo de pais que me quedaba. Mire las atestadas tiendas de souvenirs, escuche a lo lejos el nostalgic sonido de un huayno ayacuchano y dando un sonoro respire me adentre junto con mi pesada maleta envuelta en la cinta fosforecente y con mi incertidumbre disfrazada de una falsa adrenalina que no supe de donde rayos habia salido, a traves del plateado tunel cilindrico hacia el hall del avion donde una amable aeromoza me condujo a traves de los asientos de la clase comercial hacia mi butaca justo al lado de la ventana empapada por la tipica neblina limena. A mi lado una joven mujer de unos 28 se ubico junto con su pequena hija mientras yo examinaba el touch screen que tenia frente a mi asiento. Una voz dio la bienvenida electronic dio la bienvenida a los pasajeros del CO-091 y pidio que nos ajuestemos los cinturones pues estabamos a punto de partir. Mire por la ventana a lo lejos las farolas titilantes y el faro enhiesto del puerto chalaco. El ave de acero empezo a correr a 300, 500, 700 kilometros por hora hasta despegar con un subito jalon de gravedad mientras yo no despegaba la mirada de las luces, las playas y el malecon de la Lima brumosa y solitaria, infeliz y medio radiante que ahora dejaba en busca de un sueno de dolares y hamburguesas sabor a carton, una tierra extrana e imposible donde nadie es lo que parece y donde, a pesar de todo, aun hay sonadores que viven en pesadillas.

viernes, 23 de enero de 2009

Miserere


Una forma congelada mira a la mar
mientras el sol oscurece las aguas.
Un heladero vende el ultimo Donito del dia
mientras los canijos se sientan a ver pasar
a las sirenas bipedas y sin escamas
Eu te adoro
Je te aime
Y tu me miras y mirandome el sol aclara
Y yo te miro y soplo en tu nariz
Nariz olfativa, nariz intuitiva.
You broke into my heart and took it for all the eternity
So don`t leave me babe.
Porque te llevas mi llanto y me traes consuelo
porque como Luchito Hernandez
beber coca cola helada sin ti
es inexplicable
da lo mismo que patear un lata.
No te vayas, aun no oscurece
y los muchachos apenas dejan libre el malecon
No te vayas aun, porque aun no he tocado la lluvia
ni humedecido con ella tus labios
No te vayas porque esta tarde de enero
prometimos hacer un castillo de arena imposible
arena imperturbable e invencible
Arena que permanecera enhiesta pese a los maretazos de lo cagona que es la vida humana
No te vayas porque aun no te he dicho que TE AMO
Misere, miserere

viernes, 9 de enero de 2009

(tu)


Mira al norte, a una tierra quimerica e imposible
donde todo parece ser lo que siempre quisiste.
Mira al norte, y mirame mientras te miro.
Escuchame a media distancia continental,
siente la brisa del malecon en la cara
y mi grito ahogado de dolor por no tenerte,
mientras caminas por el acantilado
ignorando, quiza, que un solitario corazon
le llora sus penas azul marino
a la almohada enmohecida y delirante.
Mira al norte, y no me mires
`cause I`ve realized you never were mine, babe.
My deepest symphaty, diras.
Pero yo NO aceptare tus apologias,
porque se que lo ultimo que quieres hacer
es danarme y si alguien tiene que pagar, ese seria yo.
Por que disculparse de algo de lo que
no se es conciente?
Si miras al norte, siempre al norte
y nunca al sur de tus lindos ojos color chancaca
veras a un desdichado en una tierra de fantasia,
un solitario paria errante entre la nada y el vertigo del vacio.
Al norte veras una nube de lluvia.
Lluvia anonima (aunque obvia) de frases sinceras de amor
que aunque no correspondido, convervan el efecto magico e impedecedero
de una promesa silenciosa y de un ramo de rosas un catorce de febrero.
Si miras al norte al norte veras a un muchacho en un a tierra imposible
que en una noche azul de neblina, sale en busca de su bien ganada infelicidad.

domingo, 4 de enero de 2009

Cowboy story (Chapter the first)


May I have you attention please? We want to be the first to welcome you to Houston and to the United States of America. In a few minutes we will be arriving to the George Bush International Airport. We want to thank your confindence in us and hope you enjoy your time in this country...

Cuando la voz femenina hubo terminado de hablar, otee por la ventana el cielo plagado de estrellas y la selva de luces a poco mas de 2 500 metros bajo el boeing del vuelo CO-591 de Contintental Airlines, me parecio sentir como una soga invisible me sujetaba desde desde el punto mismo de mi centro de gravedad, causandome una extrana y nada placntera sensacion de vertigo que sumada al doloroso zumbido en los oidos habian terminado por convertirme en un titere deshuesado e impaciente por poner, literalmente, los pies sobre la tierra.
Habian pasado ya casi siete horas desde que deje el caluroso verano limeno para llegar al aparentemente gelido invierno norteamericano. A pesar que no era la primera vez que abordaba un avion, aun no habia llegado a acostumbrarme a la comida rancia y medio cruda, y a las continuas zamaqueadas (o turbulencias) que evidenciaban ciertos indicios de una claustrofobia absurda y casual, dable solo en ciertos momentos de especial ansiedad.
Dejar Lima y todo lo que en ella tengo, habia sido (esta de mas decirlo)realmente duro. Ya a punto de pasar por migraciones, note las caras llenas de angustia de mis padres, mi tia y mi hermana, quienes habian tenido la cortesia de acompanarme al aeropuerto. Cuando ya era tiempo de cruzar la puerta que me desconectaria por completo e mi realidad, mi padre me abrazo dandome palabras de aliento y mi madre no pudo evitar soltar algunas lagrimas de sincero dolor por el hijo que se va y se aferro a mi fuertemente, como queriendo evitar que cruzara esa puerta y tomara el vuelo. A pesar de haberme logrado mantener incolume durante todo el dia, sentir a mi madre tan fuertemente atrincherada a mi, rompio todas mis defensas y logro quebrarme en un llanto incontenible. Cuando me solto decidi dar media vuelta y no mirar atras, tratando de disimular mi cara de tragedia mientras mantenia la mirada en el alfombrado piso previo al umbral. Ya casi lo habia logrado cuando mi madre se acerco casi trotando y me miro fijamente a los ojos mientras me hacia adios con una de sus manos. Las lagrimas me nublaron la vista, cruze el portal y ya adentro me derrumbe en un llanto silencioso.

viernes, 12 de diciembre de 2008

EPILOGO


“Mé voilá, livre et solitaire…”
Charles Baudelaire

A pesar del insoportable bochorno contenido en el aire de la pequeña cafetería del Británico de Miraflores, no podía evitar sentir un frío interior que había estado congelando mis entrañas desde una nefasta tarde de enero, hacia unos dos meses atrás (o un quizá un poco menos). Ciertamente, no volví a ser el mismo desde aquel día. Atrás habían quedado mi estúpida inocencia de adolescente enamorado, mi condición de animal rastrero había muerto junto con el Raúl lindo y buena gente, a quienes todos consideraban como el ser mas honesto e incapaz de hacer mal a nadie. Entré al baño del lugar y me miré al espejo. Una gota de sudor resbalaba por mi pálida frente, mis cabellos negro azabache se revolvían hasta convertirse en una melena felina en pleno crecimiento. No podía creer que aquel chico ojeroso, de barba y bigote incipiente y ojos hinchados de resentimiento que me miraba, era el mismo que años atrás no podría haber encendido un porrito sino solo para analizarlo con febril curiosidad, un pavazo que se creía todo un cuento chino de falsas promesas de amor.
Jalé de la llave y un chorro de abundante agua me bañó las sudorosas manos. Sumergí mi cara en el pozo que se había formado en el fondo del albo lavatorio y quedé como flotando por unos segundos. Me sentí un bebé en la placenta de la madre, en una piscina de aguas azules, como en el disco de Nirvana, “Nevermind”, sin preocupaciones, sin líos ni penas. Algo vibró en mi bolsillo, me levanté y el agua chorreó por mis largos y ondulados cabellos empapando mi camiseta hasta la altura de los hombros. Extraje el celular de mi bolsillo izquierdo y contemplé el número con extrema estupefacción. Vacilé, debía de estar viendo mal, no podía ser ese número de nuevo, no después de tantos días de oportuna incomunicación e indiferencia. Debía de haber un error, cerré los ojos y los abrí de nuevo, el número seguía allí en clara actitud desafiante. Pensé en borrar el mensaje de texto, pero algo en mí quiso leerlo, muy adentro mío una mordiente curiosidad hizo que apretara el botón “ok” y la pantalla se llenara de diminutas letras negras, mientras yo incrédulo leía el siguiente mensaje:

“Raúl, sé que juramos no volver a hablarnos nunca más pero, al parecer, me voy y no quiero hacerlo antes de hablar contigo frente a frente y arreglar las cosas. No quiero tener problemas contigo, tu aun significas mucho para mi y por el amor que alguna vez existió entre nosotros, quiero que nos perdonemos el uno al otro”

Mis manos temblaban y mi incredulidad se confundía por la ira creciente en la presión de mi pecho. No me cabía en la cabeza como la mariposa traicionera, después de haberme literalmente matado en vida, podía venir tan descaradamente a querer buscar una reconciliación imposible de darse. Aun en mi permanente estado de flamígera conmoción, pude teclear algunas letras y responder el mensaje con lo único que podía decir en ese momento. No volvería a caer en su ponzoñosa trampa de viuda negra, de víbora letal. Primero muerto antes que volver a someterme a sus humillaciones, no toleraría que me utilizara como su perro faldero de nuevo. Con todo el odio que pude canalizar en mis largos dedos, conteste a su desparpajo con un mensaje determinante y conciso.

“No me jodas, lárgate y no vuelvas nunca más.”

Salí de los servicios higiénicos aun temblando y dos caras amigas me recibieron con impaciencia. Alejandra y Carlos me esperaban afuera, listos para una larga caminata por el malecón de la Reserva bajo el inefable sol de febrero. Se nos había hecho costumbre recorrer las bulliciosas calles miraflorinas, de casonas antiguas e hileras de pinos, luego de cada término de clase. Bajamos por el empedrado camino de Balta, pasando por el Club Terrazas hasta llegar al puente Villena, otrora trampolín de los corazones suicidas, del club de los corazones rotos. Poco a poco mi semblante pudo recuperar la tan ansiada tranquilidad. La brisa del mar me lamía la cara y jugaba con mis cabellos, mis dos acompañantes no cesaban de hablar ni un momento. Caminamos cerca de dos horas hasta que nos despedimos prometiendo volver a vernos cuando llegara el momento.
Ella nunca trató de comunicarse conmigo ni en ese día, ni en adelante. Estaba seguro que había leído el mensaje e imaginé divertido la cara de falsa tragedia que había puesto al leerlo. Y es que por primera vez ella había perdido. Recuerdo que cada vez que apostábamos o nos enfrentábamos en algún absurdo juego, ella buscaba hasta la excusa más disparatada para salir ganando. Nunca le gustó perder y ahora, tantos meses después, yo había herido su orgullo de hembra altanera. No esperaba que alguien que se había desvivido por ella le dijera que no aunque sea una vez. Imaginé casi en un ataque de risa el berrinche que estaría haciendo en esos momentos, la pensé tirada en el suelo dando de golpes al frío cemento mientras chillaba como una niña mimada a quien le han arrebatado un chupetín colorado. Aprovechando mi buen humor, bajé a saltos las escaleras del acantilado y llegué a la playa. Me quité las sandalias y en un arranque de desenfrenado júbilo chapoteé en la orilla como un niño en un día de playa.
El sol yacía radiante en el cielo limpio de nubes. Era un día feliz y caluroso, un verano ciertamente prometedor. Sentado en la arena pensé satisfecho en lo que acababa de hacer. Era libre como la brisa celeste que me acariciaba la cara y por primera vez en mucho tiempo, reí como un loco. No me importó que la gente me mirara algo temerosa o divertida. Reí solo pues solo me iría a quedar, reí de mi mismo y de lo estúpido que había sido al desperdiciar dos años de mi vida en una relación hipócrita y sin sentido con una mujer descarada y manipuladora que se había encargado de hacer mi vida de cuadritos. Pero no más, ese día en mi solitaria fortaleza de viento, arena y océano me prometí no volver a someterme jamás a otra situación semejante y pude, como tiempo atrás, llegar a la mar con la sola alegría de mis cantos.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Betrayal butterfly (Capitulo final)



“Con los nervios destrozados y llorando sin remedio,
como un loco atormentado por la ingrata que se fue.”
Andrés Calamaro

Los días posteriores a la ceremonia de graduación y previos a la fiesta de promoción transcurrieron sin mayor novedad. Discusiones vía telefónica, reconciliaciones apresuradas e indiferencia ante la vida del otro parecían presagiar la inminente catástrofe que estaba por venir. Mister G parecía aprovechar la situación pues cuando la visitaba en su casa, ella se empeñaba en ocultarme los mensajes de texto en su celular y cuando yo lograba, en un descuido suyo, manipular el aparato logrando avistar el nombre del sinvergüenza en la lista de llamadas o en la bandeja de entrada, ella me dirigía una risa nerviosa o una mirada de cínico reproche quizá queriendo reclamarme la falta de confianza. Estaba claro que la confianza y el respeto se había perdido hacia muchísimo tiempo, pues solo quedaban mentiras y apariencias entre nosotros. Pero yo no era capaz de terminar con la farsa, o a lo mejor ella era la que no dejaba que me fuera. Muchas veces he escuchado que a las mujeres les gusta sentirse deseadas y pretendidas por más de un hombre, ella lo sabía y aprovechaba que me tenía comiendo literalmente de su mano para coquetear con el indeseable que, a mi entender, se estaba dejando pisar tanto que parecía estar convirtiéndose en un prometedor candidato a quitarme el titulo del perro faldero más arrastrado de la promoción. Yo mientras tanto, permanecía en mis colosales esfuerzos de mantenerme incólume ante las constantes provocaciones por parte de ambos que parecían querer ocasionar que yo rompiera con la ingrata fiera para así tener una excusa de legitimar el infame affaire que se estaba iniciando a mis espaldas. Y aún con la cara de “yo no fui” tan característica en la mariposa traicionera, sabía que algo estaba pasando entre ellos dos, algo olía realmente mal en esa situación y yo no era tan idiota como ellos pensaban como no darme cuenta de que entre ambos había algo más que un simple “amor fraternal”, tal y como señalaba la belle damme sans merci en claro afán de apañador encubrimiento. Es cierto, nunca pude probar la infidelidad pero los detalles en el comportamiento tan cauteloso de la sinvergüenza mariposa daban cabida a una serie de sospechas con sólidos fundamentos que respaldaban mi hipótesis del clandestino desliz de los indeseables.
Era la noche del 28 de diciembre del 2007 y mi actitud era más acorde a la de un preso condenado a muerte que a la de un alocado adolescente de 17 años a punto de participar en el último acontecimiento de su vida escolar. Mi terno nuevo, camisa y corbata permanecían abultados en algún lugar del caos que era mi cuarto. Eran ya casi las 8:30 minutos de la noche cuando mi madre toco la puerta, interrumpiendo mi contemplación del vuelo de las moscas sobre mi cabeza, para instarme a arreglar mi desgreñado aspecto pues la mariposa traicionera estaría esperándome lista en la sala de su casa en menos de media hora. A regañadientes, tomé mi abultada ropa y entré a la ducha, más por obligación que por libre albedrío. El agua helada pudo despejar mi mente, más no mi apatía absoluta ante la situación. Me vestí casi a zancadas y baje las escaleras para encontrarme con el amigo de mi padre quien, previo acuerdo, había aceptado ser el chofer ocasional de la noche.
Camino a su casa pensé en como una relación de tanto tiempo se estaba yendo al tacho tan fácilmente. La rutina, la falsedad y los celos estaban empezando a fortalecer la inminente idea apocalíptica del rompimiento indefectible. Ya a unas cuadras la imagine dándose los últimos toques en su arreglo personal. Me equivoqué. Apenas me apeé del auto, su madre salió por la ventana y se disculpo conmigo pues recién se estaba poniendo el vestido. Ocultando mí incomodad, tomé la cajita transparente que contenía la orquídea a obsequiar, me ofrecí a entrar y esperarla en la comodidad de los sillones de su sala.
Después de casi cuarenta minutos por fin apareció. Lucía un apretado vestido rosa tres cuartos que le resaltaban sus ya prominentes pechos y anchas caderas, se había laceado el cabello como todas las veces desde las fiesta de quince años, y había “embarrado” (no hay otra palabra) su rostro con una capa ultra gruesa de excesivo maquillaje que le daban un cierto aspecto a un payaso de circo. A pesar de todo y de su baja estatura (tenía piernas cortas), era una mujer de una belleza perturbadora, capaz de seducir al más estúpido y calzonudo de los nerds. Ella se acercó y dedicándome una sonrisa de lo más fingida se dejó poner la orquídea en un extremo superior del vestido. Acto seguido, su madre y su prima, divertidas, se dispusieron a tomar las fotos del recuerdo, mientras yo trataba de parecer lo mas sereno posible, a pesar de mi evidente fastidio ante el hecho de asistir al evento más esperado del año con una persona con la que me sentía incómodo en extremo.
Ya camino al Club Árabe Palestino (lugar escogido como sede de la reunión), en Monterrico, más que una ley del hielo, había entre nosotros un témpano entero de incomunicación e indiferencia. Yo pasaba el tiempo contando árboles, mientras ella parecía absorta en otros asuntos que no eran de mi incumbencia. Fue entonces cuando decidí tomar la iniciativa. Extraje el celular de mis hondos bolsillos y escribí un mensaje en el que le hacia la absurda e infantil promesa de volver a enamorarla, de dar lo mejor de mi para que todo fuese como antes. Ella lo leyó y con una mueca de hastío en el rostro respondió secamente “Que bien”. No supe que mas hacer, su frialdad y ligereza ya me estaban haciendo perder la paciencia, no pude controlarlo más y la enfrenté tratando de no perder los estribos.
“Parece que a ti te importa muy poco lo que haga o deje de hacer para salvar nuestra relación ¿no?” – mi fastidio hablaba por si solo
“¿Cómo crees, Raúl? Yo soy la que más quiere que todo esto termine. No quiero seguir peleando contigo cada vez que nos vemos, Tú eres todo para mí. Quiero quererte como siempre, como antes pero tú no me dejas.”- Eran ella y su carita de pobre victima de nuevo. Me estaba pasando la factura de la precariedad en el estado de nuestra relación, haciéndome sentir culpable. Decidí no pronunciar palabra alguna de nuevo, pues todo lo que dijera sería usado en mi contra.
Es realmente decepcionante haber compartido tanto con una persona, hasta el punto de creer haberla llegado a conocer por completo, cuando en realidad no la conociste en lo más mínimo. Todos los “te quiero”, los besos y las promesas de amor eterno eran meras mentiras. Todo fue un disfraz confeccionado a la medida de la mariposa traicionera, una especie de crisálida para la larva que se prepara a emprender vuelo a otro pistilo, dejando corazones marchitos de dolor y pena a su paso.
Ya entrando al local, la ayudé a bajarse del auto y entramos sin dirigirnos la palabra. La multitud congregada se volteó a vernos y percibí las miradas de algunos chicos. El ceñido vestido empezaba a cobrar sus primeras víctimas. Tratamos de disimular nuestro fastidio mientras saludábamos a las demás parejas y avanzábamos por el largo camino alumbrado tenuemente por las farolas a los costados y los jardines llenos de vegetación irradiando belleza. Divisamos la gruta y esperamos nuestro turno para la foto de reglamento. La miré de reojo y mi desesperación arremetió de nuevo.
“Dime, qué hago, ¿Qué hago para complacerte, para que todo sea como antes? ¡Dime qué hago para hacerte feliz! – ya no podía controlarme.
Ella no pudo responder. Los fotógrafos nos llamaban a posar y ambos nos dirigimos al centro de la gruta. La encargada pareció notar nuestro estado de evidente fastidio, pues hizo unos comentarios sarcásticos con el fin de hacernos sonreír para la cámara que teníamos delante nuestro. No lo logró. Fue entonces que Mister G hizo su aparición en el lugar. La mariposa lo buscó con la mirada pero el no se acercaría a ella ni en ese momento, ni en toda la fiesta. Meses después, conversando con una amiga suya en la universidad habría de enterarme que la mariposa traicionera ya estaba en planes de iniciar algo con el sinvergüenza desde poco antes de la fiesta de promoción y el distanciamiento entre Mister G y la ingrata fiera se debió a que a este le jodía que yo fuese la pareja de la traidora y el no, porque temía que nos reconciliáramos en el transcurso de la noche. La mariposa traicionera, en otras palabras, había estado tramando este triángulo desde hacia tiempo. Pretendía mantenernos a los dos en vilo, para que en caso de fallarle la jugada con uno, tener de repuesto inmediato al otro comechado con tal de no quedarse sola ni un solo momento.
Recuerdo los primeros meses, cuando medio broma, medio en serio, me burlaba de ella porque no sabía mentir ni en las cosas más mínimas. Sudaba, desviaba la mirada y las manos le temblaban. (“Aunque, quisieras no podrías, eres incapaz de engañarme”)Tantos meses después, me doy cuenta que, o siempre fue una mentirosa o aprendió poco a poco (quizá por mis mofas) hasta lograr a tejer una red consistente de mentiras con la habilidad de una araña ponzoñosa, convirtiéndose en una maestra de la hipocresía.
Eran ya casi las 11 de la noche cuando nos llamaron a entrar al salón donde se llevaría a cabo la esperada fiesta. Una por una, las parejas descendían por la escalera entre flashes relampagueantes y risas de sana complicidad. La mariposa traicionera y yo, logramos por un momento disimular nuestro disgusto mientras nos ubicábamos en la mesa, participábamos en el emotivo brindis con las palabras del padrino de la promoción y deglutíamos la exquisita cena a la sola luz de las velas.
Es curioso pensar que de las cinco parejas que compartíamos la mesa, cuatro romperían tiempo después de la fiesta y solo una se mantendría unida aun fuera de las aulas del Ramírez Barinaga. Jorge Ricaldi y Adela Rosales, a pesar de los problemas comunes en toda pareja, mantiene su relación entre las cómodas aulas y los vastos jardines de la Universidad Católica. Los desgastantes flagelos de la rutina y los celos habrían de acabar con las cuatro restantes, entre las cuales estábamos la mariposa traicionera y yo.
Saciados los estómagos y tras intercambiar algunas palabras entre las mesas, la fiesta se inicio y el desenfreno reinó en la sala. Bailé muy poco esa noche, hundido en mi asiento me dedicaba a contemplar con sana envidia el jolgorio de la multitud. A mi lado, una copa de whisky y un cigarro a medio terminar eran las únicas compañías de mi actitud derrotista. La mariposa no perdía el tiempo, tras haber cumplido conmigo se retiro presurosa a disfrutar de la noche. Bailé con ella muy pocas veces. Cada una más corta y apática que la otra, cuando la música cesaba me retiraba a mi rincón oscuro en busca de la copa de whisky siempre a la mitad. Así pasaron, una hora tras otra, yo sentado y ocasionalmente empujado a la pista de baile por alguna chica animosa en extremo y ella evitando acercarse a la mesa, buscando bailar cada pieza con tal de no cruzarse conmigo.
Eran ya casi las cuatro de la mañana cuando nos volvimos a ver las caras. Ella se dejo caer agotada en su asiento mientras yo volvía a llenar otra copa de whisky y encendía otro cigarro. Lo hacía a propósito, a ella le disgustaba que fumase. La confusión reinaba en mi cabeza, el whisky empezó a hacer efecto y las palabras salieron de mi boca, casi sin darme cuenta.
- ¿Qué paso? ¿Por qué todo esto se esta yendo a la mierda? ¿Aun me quieres?
Ella callaba. Buscaba algún punto vago en el aire lejos de mis ojos, sabia que si me miraba, descubriría sus tretas infames. Pero yo no era tonto, lo intuía desde hacia tiempo. Fue entonces que arremetí de nuevo.
- Tú sientes algo por él, ¿no es cierto? – mi ira incandescente volvía a aflorar. Ella pareció temblar, pero decidió romper su silencio.
- Raúl, por favor. Quiero pasarla bien contigo por favor no arruinemos la noche con temas que no vienen al caso – Su mano se apoyo suavemente sobre una de las mías. Fue entonces cuando supe que debía comprobarlo. Me acerque lentamente hasta que nuestros labios quedaron en perfecta posición para un beso inmediato. Ella pareció intuirlo pues aparto su rostro bruscamente.
- ¿A que juegas? ¿No te entiendo? Me tomas de la mano, me abrazas, te comportas como si estuvieras conmigo? ¡Que rayos quieres que haga!
Ella temblaba. Sus ojos se nublaron y supe lo que estaba por venir. Recostó su cabeza en los brazos desnudos y empezó a llorar lenta y silenciosamente. Traté de consolarla, no pude, su llanto era incontenible. Era ella usando su careta de inocencia de nuevo. Algunos curiosos se acercaron a contemplar la humillante escena y no supe donde esconder la cabeza. Percibí los comentarios del tipo “ella se merece alguien mejor” a mí alrededor, volvía a ser el malo de la película ante los ojos de una parte de la promoción. No podía soportarlo mas, es así que tome mi saco y me largue a otro lugar hasta que las cosas se calmasen un poco.
El aire puro de los jardines me permitió llenar los pulmones de calma. Me cruce con varias personas y pude librarme del yugo asfixiante y el veneno de la ingrata y traicionera fiera. Me tome unos tragos con algunos, converse con otros y baile con algunas pocas chicas. Ya pasados casi 50 minutos desde que me aleje de la mesa, decidí volver a enfrentarla. Y contrariamente a lo que pensaba, la mariposa traicionera me recibió con una calurosa sonrisa. Advertí que había aprovechado mi ausencia para lavarse la cara y conversar un poco con sus “amigas”. Me invito a sentarme e intuí que su rara sonrisa se debía a una clara señal de triunfo tras haberme desprestigiado una vez mas ante los ojos de todos y haberme hecho volver arrastrándome a pedirle perdón. Lo ultimo no lo hice por cierto, y quizá por eso luego de que los mozos trajeran el desayuno y devoráramos los emparedados de jamón y queso y la jarra de jugo de papaya se fuera rauda a buscar a sus desdeñosas amistades quienes me lanzaron mas de una díscola mirada de rechazo.
Eran ya casi las seis con treinta minutos de la mañana cuando la gran multitud congregada en la terraza del club, empezó a darse el abrazo del adiós. La mariposa se había ido con su grupo de antipáticos y yo me despedía de las personas con quienes ocasionalmente me cruzaba. El largo camino hacia la salida lo recorrí prácticamente solo y sin mirar atrás. Ya a punto de subirme al taxi donde mis padres me esperaban la vi. Me miraba de reojo disimulando su inquietud mientras conversaba con uno de sus díscolos acompañantes. No, no caería en su juego; no iría arrastrándome de nuevo hacia ella. Sin embargo, su telaraña asfixiante fue más fuerte que mi voluntad de aferrarme a mis cinco sentidos. Me acerqué y le di un beso en la mejilla para subirme al taxi y notar, antes de que el vehículo arrancase, como la fiera esbozaba una sonrisa de cruel satisfacción.
Camino a mi casa, no podía pensar en otra cosa que los limites a los que estaba llegando l grado de manipulación de la mariposa traicionera. Era momento de parar con todo esto y poner las cosas en claro. Decidí, entonces, que la iría a buscar a su academia pasadas las fiestas de año nuevo. Una vez en mi cuarto y luego de una absurda conversación con mi padre, me tire en el catre y dormí esperando que todo fuese mejor en el año que estaba por venir.
La mariposa traicionera habría de irse al día siguiente a Iquitos, invitada por unos amigos suyos a pasar el año nuevo en la ciudad mas “caliente del país. Dejo su celular apagado en su casa, argumentando que seria difícil agarrar señal estando allá, en la frondosidad de la selva peruana. Nada más falso, con la avanzada tecnología en materia de telecomunicaciones era posible contactarse con cualquier persona aun desde los confines más remotos del país. Uno mas de sus artilugios para mantenerme alejado e indiferente ante todo lo que pudiese hacer por esas tordidas tierras, aprovechando su anonimato. Prometió llamarme apenas pudiera. Como es de suponerse ese “apenas pudiera”, nunca llegó, pues la única forma en la que pude comunicarme con ella fue el 1 de enero del 2008, en una accidentada conversación en la cual le reclame su falta de tacto al haberme hecho esperar como huevon al costado del teléfono por tres días seguidos. “Déjate de tonterías, Raúl. Igual nos vamos a ver mas tarde”, para luego desconectarse súbitamente dejándome hecho hablando solo como un loco al borde de la histeria. Ese “nos vamos a ver mas tarde” tampoco sucedió. Cuando la llame para preguntarle si podría ir a visitarla, me dijo que estaría demasiado cansada y ocupada esa tarde como para recibirme en su casa, por lo que nos veríamos un día de esos, ella me diría cuando.
El miércoles 2 de enero parecía ser un día radiante y feliz. Los niños jugaban alborozados en los parques y el sol prometía un verano largo y caluroso para los amantes de la vida nocturna y las playas a lo largo del litoral. Aprovechando la ausencia de mi padre y mi hermana, devore menos de la cuarta parte de mi almuerzo y sin mayor dilación salí con dirección a la academia donde la mariposa traicionera asistía. Legue en el momento preciso cuando una multitud de excitados muchachos huía literalmente de las cerradas aulas del lugar, buscando algún plan para el día soleado e inicio del verano limeño. La vi salir con Giulianna y un grupo de amigas, ella me miro, notablemente incomoda se despidió de sus acompañantes y se acerco vacilante a mi.

“¿Qué haces tu, aquí? ¡Te dije que te llamaría cuando pudiéramos vernos!” – su voz era cortante.

“¿Acaso no puedo venir a visitarte? ¿Me estas escondiendo algo? – sabia que la tenia acorralada.

“Tengo un compromiso, voy a salir con…” – callo, se sentía intimidada.

“¿Por qué no terminas la frase? ¿Hay algo de lo que no quieres que me entere? – mi paciencia se estaba acabando

“Raúl, no comiences de nuevo, en serio tengo que irme, yo te llamo mas tarde”- avanzo unos pasos, la seguí y la tome del brazo, ella se zafo rápidamente y me miro asustada. Ya no lo soportaba más.

“No, esto se acaba aquí y ahora. Quiero que pongamos las cosas en claro. Quiero que me digas que somos, si estamos o no. ¡Quiero saber que hay entre nosotros!” – estaba a punto de explotar.

“Basta, Raúl. Si quieres una respuesta voy a salir con G ¿contento? Estoy empezando a sentir algo por el, es lindo y me escucha. Por favor deja de hacer esto” – ella empezó a caminar mas rápido, casi a trotar como si quisiera huir de mi.

La escena era humillante. Ella caminaba delante mío y yo la seguía casi a rastras. Algunas personas parecieron percatarse de lo que ocurría pues volteaban a mirarme con compasión y curiosidad. Fue entonces cuando la mariposa volteo y dijo determinante.

“¡Deja de seguirme!. ¡Aléjate de mí! No quiero que me vuelvas a llamar o a buscar. ¡Desaparece de mi vida! “– su voz delataba su nerviosismo.

“No entiendo como una persona puede decirle a alguien que la ama para que días después no quiera volverla a ver nunca mas. Todo este tiempo jugaste conmigo. Eres realmente de lo peor…” – mi voz temblaba y las silabas sonaban entrecortadas.
La nubosidad de mis ojos me impidieron ver como ella, me dedicaba una mirada de cínico reproche, mientras subía a una unidad de transporte público que la llevaría a su casa. Esa seria la última vez que la vería. Me quede quito por un largo rato en el paradero sin saber que hacer. Luego de unos minutos empecé a caminar sin rumbo, casi a tumbos, mientras mis lágrimas apagaban el cigarrillo que había prendido hacia un momento. Caminando por el puente me detuve y mire a los bólidos pasar a una velocidad vertiginosa. Lo pensé, seria rápido y fácil, no habría mayor sufrimiento. No lo hice, era demasiado cobarde hasta para tirarme desde esa altura y dejar que los autos machacaran mis huesos. Me senté en una banca, hundí la cabeza en mis manos y llore por largo rato. Note que alguna gente me miraba con lastima, no me importo. Un niño se me acerco ofreciéndome un caramelito de limón. Lo acepte fingiendo gratitud para que volviera con su compasiva madre.
Cuando hube llegado a mi casa, con la esperanza de pasar un momento de absoluta soledad en mi cuarto, subí las escaleras a zancadas. Desafortunadamente mi padre estaba ahí, decidí entrar sin saludar y me encerré en i cuarto a someterme al proceso sadomasoquista de buscar todas y cada una de las notas que contenían las falsas promesas de amor eterno y cariño incondicional. La leí una por una y cuando hube terminado metí cada una de las cartas y regalos en una bolsa negra de basura. Si habría de olvidar, tendría que olvidarla del todo, pero no podía hacerlo solo. Llame a varias personas, nadie contesto pero cuando casualmente marque el número de Giulianna su voz me respondió por el otro lado del auricular.

“Hola, Raúl ¿que pasa?” – sonaba casi a bostezo, supuse que estaba estudiando para el todavía lejano examen de admisión.

“Giulia necesito hablar con alguien. ¿Crees que pueda ir a tu casa un momento? – trataba de que mi voz no sonara tan entrecortada.

“Claro, ven aquí te espero” – Me despedí, corte la comunicación, tome la bolsa negra que contenía todos los amargos recuerdos de la mentira que acababa de terminar e inhalando profundamente, gire la manija de la puerta. Debía de parecer normal, mi padre no debía darse cuenta de mi estado de atribulacion. Le dije donde iba y sin más demora salí camino a casa de Giulianna.
Toque el timbre y una larga y dulce melodía retumbo en las paredes de su casa. Ella salió, noto mis ojos llorosos y me abrazo. Llore con fuerza y rabia, pasamos a su estudio y me senté en el sillón de la computadora. Le conté todo lo que había pasado y le mostré la bolsa con los amasijos de papales y regalos. Al poco rato llego Sol, conversamos de lo mismo y les conté mi determinación de quemar todo lo que me recordase a ella. Revisaron la bolsa y Sol me pidió que le dejase quedarse con un dije que contenía sus iniciales. Se lo di. Rompí cada una de las notas y ellas me miraban desconcertadas. Finalizado el procedimiento le di la bolsa a Giulianna y ella la llevo a la basura.

“¿Estas seguro de lo que acabas de hacer?, mira que no hay marcha atrás” – ellas me miraban asustadas, realmente el chico que rompía los papeles lleno de odio no era el Raúl que conocían.

“Es algo que debí hacer hace muchísimo tiempo. Esto nunca debió pasar, no debí haber tenido algo con ella. Todo era perfecto cuando estaba solo” – me sorprendió la determinación y el rencor en mi tono de voz. Nunca había hablado así en mi vida.

Luego de aquel día no volví a saber nada más de ella. Cambie mucho, es cierto. Mi misantropía volvió y con ella mis largas caminatas por el malecón de la Reserva. Me jure no volver a enamorarme, no volver a ser manipulado y maniatado por otra mujer en mi vida. Me jure no volver a pensar con el corazón, volvería a ser tan frio y razonador como antes, un animal, algo de maquina casi nada hombre. Y me prometí contar toda mi historia, como testimonio de infamia y prevención a aquellos que se crean el cuento del amor eterno e incondicional, porque este es el ultimo dolor que ella me causa y estos son los ultimos versos que yo le escribo.


(Por) FIN

domingo, 16 de noviembre de 2008

Post mortem




“nada más dulce que el deseo en cadena...”
Gustavo Cerati


Debo admitir que luego de terminada mi trágica y primera historia de (des) amor con la mariposa traicionera, entre en una fase de avezada pendejería a la que jamás pensé llegar dadas mis conocidas “virtudes” de pavazo y bisoño en materias pasionales. Noche tras noche, salía sin rumbo hacia a algún lugar donde dar rienda suelta a mi febril instinto de animal recién liberado y aún dolido por los puñales de la traición femenina. Buscando a alguna vampiresa que compartiera mi creciente bestialidad, recorría la ciudad con las manos en los bolsillos, mirada altiva y gesto soberbio mientras daba pitadas al cigarrillo a medio terminar. Veía pasar, una tras otra, a las chicas de escotes generosos dejando de lado mi condenada timidez para voltear a verlas con el esmerado descaro de un macho que se respete y que haga valer su titulo entre tantos calzonudos impostores que abundan en esta brumosa Lima de furias reprimidas.
Me sentía poderoso. Uno tras otro, los pocos y fugaces pero intensos affaires que tuve en esos días me hicieron sacar lo peor de mí. Recuerdo todo, mi memoria fotográfica y mi rechazo a embriagarme en baños de cerveza en cantidades increíbles, me permitían seducirlas sin perder la lucidez. Claro que no todas caían con la misma facilidad de otras, había que esforzarse, sacar algunas veces al Raúl buena gente y lindo querido por todos para hacerlas caer en mis redes de licántropo ansioso de presas tiernas e inocentes. A pesar de comportarme como un verdadero pendejo nunca perdí mis dotes de renombrado caballero, se podría decir que fui un pendejo diplomático, uno de los últimos románticos, un poeta maldito siguiendo la línea de Rimbaud, Verlaine y Baudelaire. Nunca trate de propasarme con alguna de ellas. Todo se reducía a fogosos ósculos en la oscuridad de la noche, nada más. Ellas se despedían con la misma naturalidad con la que venían. Saciado momentáneamente mi instinto vampiresco desaparecía de nuevo a seguir buscando nuevas presas antes del arribo del alba veraniega. No había ni hay remordimiento alguno, es obvio que los muertos no sienten, yo era una sombra, un espíritu doliente y vengativo, un ser sediento de sangre virgen pretendiendo saldar deudas pendientes consigo mismo. Es cierto, morí una vez y ahora, tantos meses después de esa época de locura y desahogo no muestro arrepentimiento alguno, digamos que me tome la licencia de no ser yo mismo por un tiempo, de ser yo y otro, o ser yo jugando a ser otro y viceversa.
A veces, cuando recuerdo esas épocas de nosferatu adolescente no puedo evitar sonreírme, divertido por las cosas que hice y ya no puedo hacer. Mi timidez volvió y con ella, mi consabida incapacidad (o discapacidad) para el amor, legado infame de mi relación con la mariposa traicionera. Pero hay noches, en las que recostado en mi catre siento los caninos raspar mi lengua seca, me siento desdoblar y salir por la ventana, en un baño de luna y sombra, en busca de alguna princesa vampira dispuesta a compartir mi soledad.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Betrayal buttefly (parte 11)




“perdón por saber que tu vida
solo esta llena de falsedad e hipocresía”
Los pasteles verdes

El año se acababa. Uno tras otro, los meses pasaron casi sin darnos cuenta. Los profesores nos sacaban en cara lo poco que faltaba para el adiós definitivo, dejar el colegio y emprender un camino solos, un rumbo completamente diferente al de las personas con las que habíamos convivido durante esos fugaces once años. Pues en mi caso, de esos once años solo nueve de ellos son los que recuerdo con mayor añoranza y nostalgia ya que en los tres últimos me dedique a perder el tiempo (no hay otra forma de decirlo) en una historia de desamor que cual cruel huracán se encargo de devastar mi ya precaria geografía emocional (la muerte de mi abuelo materno en marzo del 2006 es algo de lo que nunca lograre reponerme).
La mariposa traicionera continuaba consolidando su relación con Mister G mientras yo iba asimilando la idea de una inminente Hiroshima emocional. Las continuas referencias que hacia de el estaban empezando a acabar con mi aparente inagotable paciencia. Reprimía mi ira ante las continuas insinuaciones de Mister G hacia la mariposa traicionera quizá queriendo no darles la oportunidad de verme afectado y vejado. Me comí mis ansias homicidas, mi instinto asesino, cuando el indeseable le llevo un ramo de rosas y una caja de chocolates por su cumpleaños y tuvo la conchudez de entregárselos justo en frente mio, mientras ella actuaba con total naturalidad. Me mordía la lengua cuando ella me comentaba entre cínicas risas que ella lo llamaba “muñecon” y él, “princesa”.
No, no les iba a dar el gusto de verme explotar, estaba decidido a comerme mi orgullo adolescente (herencia de mis antepasados arequipeños) para evitar protagonizar un escándalo en medio del patio central, matando a golpes al sinvergüenza hasta que ni siquiera el mejor cirujano plástico a nivel mundial pudiera arreglarle la masa de hueso, sangre y carne que tendría como cara. Mientras tanto desahogaba parte de mi ira con la mariposa traicionera, cuya manía de minimizar las cosas (Amor, es solo un buen amigo ¿Acaso nunca has tenido una persona que creas idéntica a ti? ¡Es que nos parecemos tanto¡), estaba empezando a sacarme de mis casillas. Las rochosas discusiones a vista de todo el colegio se hicieron tan comunes que ya nadie se preocupaba por saber por que se me veía largarme solo a otro lugar lejos de ella mientras ella iba corriendo donde sus amigas ( algunas alcahuetas consumadas) o a los brazos del sinvergüenza a buscar consuelo. Estaba claro que yo era, para parte de la promoción, la peor basura, el malo de la película. Sentía la hostilidad y los comentarios a mis espaldas, aunque agradecía encontrar a gente neutral o también, a personas dispuestas a escuchar los lamentos desesperados de un mentecato al borde de la locura.
Los meses pasaban, cada vez más rápido y los preparativos para la ceremonia de graduación y la fiesta de promoción se hacia cada vez mas acelerados. Las chicas vivan presas de la angustia mientras buscaban vestido y pareja. La ingrata fiera y yo, desde que comenzamos nuestra relación, habíamos quedado en asistir juntos al evento mas esperado del año. La proximidad de la celebración significo un freno en las discusiones rutinarias que cada vez eran más intensas. Las conversaciones pasaron a girar en torno al color de su vestido y al de mi camisa y corbata. Nunca entendí la excesiva preocupación femenina por esos detalles tan insignificantes, pues yo no tenía problema alguno de asistir con el terno, alguna camisa y corbata al azar que usaba en los tiempos de las ya lejanas fiestas de quince años. Pero tanto mi madre, mis tías y ella, enemigas de mi modo tan practico de ver las cosas, se empeñaron tanto en mi vestuario que no me quedo otra que ceder resignado a ser usado como maniquí de modas.
En los últimos meses del año muchos ya habíamos ingresado a alguna universidad, así que, como imaginaran, el pabellón de quinto de secundaria abundaba en cabezas rapadas, en el caso de los chicos, y mechones de largas cabelleras femeninas, pues ni ellas se salvaban. El fin estaba cerca y nosotros lo sabíamos, solo restaban semanas para egresar de las aulas del Ramírez Barinaga, algunos para no volver y otros, como yo, como visitantes casuales y nostálgicos de un lugar lleno de recuerdos. Las muestras de cariño se hicieron mas frecuentes entre los profesores, los recreos se hacían más cortos y la incertidumbre acompañaba los rostros de cada uno de nosotros. Lastima que no disfrute esos últimos días, la relación con la mariposa traicionera estaba llegando a límites inaguantables para cualquier ser humano.
Llegamos a terminar cerca de cuatro veces en dos meses, (todo un record, en verdad) para volver cada timbre de salida simulando un falso arrepentimiento que ni nosotros mismos llegábamos a creer. Empecé a fumar y a realizar caminatas sin rumbo deteniéndome solo cuando la noche parecía morir. A decir verdad, aun camino cuando se me presenta la oportunidad. Ver el mar de noche, sentir la brisa marina en la cara y respirar con todo el aire para uno solo, sin nadie alrededor que moleste es el mejor ejercicio para un corazón afligido y regocijado en la soledad absoluta. Llegue a bajar algunos kilos y empecé a desarrollar trastornos de sueño. A veces sufría de insomnio y me entretenía contando estrellas desde la ventana de mi cuarto, rodeado de oscuridad; mientras que otras veces dormía como un oso en hibernación. Me sentía desganado y me agotaba con facilidad. Tenía ojeras y andaba encorvado, deprimido y con la mirada en ningún lugar. Podría decirse que estaba propenso a desvanecerme en cualquier momento, a perder la conciencia en medio de la calle. Pero me preocupaba por que nadie lo notase, si algo adquirí en esos tiempos fue a controlar mis emociones. Quizá no con la facilidad con la que lo hago ahora, pero intente parecer sano y normal. Sentía que mi historia con la belle damme sans merci estaba por acabar y de una forma no muy agradable, sin embargo, parecía estar demasiado idiotizado, casi un ser dependiente bajo su sombra. Pero mi culpa era menor que mi estupidez, mi masoquismo era más fuerte que la lucidez y voluntad para librarme de su asfixiante nudo de víbora letal.
Sobreviví las últimas semanas como un fantasma entre la algarabía y el atareo en la promoción. Llego el día de la despedida y yo aun permanecía en ese estado de estupida estupefacción que se había prolongado casi cuatro meses. Como es de esperarse, el día anterior había peleado con la mariposa traicionera y por lo tanto, llegue a mi último día en el colegio con una cara de tragedia digna de un drama “sofocleano”. La vi riendo con Mister G, me dolió. Mis defensas contra su afán destructor habían mermado considerablemente. No la busque, fui directamente hacia mi salón, donde Kathy preparaba su cámara de video para registrar la despedida. No salude a nadie y me desplome en mi carpeta. Algunas personas se me acercaron, me dijeron algo y yo les respondí meneando la cabeza de arriba de abajo en señal de aceptación. Nos llamaron y salimos a los corredores. Separaron hombres de mujeres en dos aulas, seguí al grupo y estuve mirando a la nada por un buen rato hasta que un sonoro “crack” llamo mi atención. Dos chicos de la promoción habían roto una carpeta, mientras otros rayaban la pizarra y algún rincón en las paredes con plumones y tizas de colores. El armario retumbaba por dentro y unos segundos después sacaban a un divertido Juan Casanova que había sido forzado a entrar ahí (aunque “forzado” no es quizá el término adecuado) como ultima broma escolar. Ciertamente, me sentí tentado a unirme al jolgorio de despedida. Quería sacar mi lado vandálico también, para poder mantener mi mente ocupaba en otras cosas. No pude, mi apatía era total.
La voz del megáfono nos llamo a salir, bajamos las escaleras y nos dimos con la sorpresa de que todo secundaria y parte de primaria estaba en el patio dando vítores y aplausos mientras nos ubicaban. Llegamos al centro y nos hicieron pasar tomados de la mano con un niño de inicial para luego sentarnos en sillas adornadas frente al escenario, uno al costado del otro. Solo recuerdo que a mi lado Anais y Melz comentaban enternecidas y entre risas los pormenores de la despedida organizada por el colegio, a veces queriendo invitarme a la conversación (es de suponer que se dieron cuenta de mi estado de atribulación) sin éxito pues yo las escuchaba sin escuchar, desmoronándome en silencio. Terminada la ceremonia, (donde se pudo oír uno que otro sollozo) nos condujeron por todo el colegio a modo de ultimo recorrido del lugar que nos acogió por once fugaces años. Recordé (y creo que todos) el primer día de clases, cuando me negaba a entrar al salón pues me aterraba el barullo y la idea de pasar todo un día solo sin mis abuelos o mi madre. Recordé los primeros recreos cuando conocí a mis primeros amigos, recordé los juegos colectivos (encantados, chapadas, etc.) y el correteo por los patios. Llegamos a los pabellones de primaria donde una ensordecedora algarabía reinaba, contrastando con el silencio sepulcral de las mañanas de clase. Los niños habían suspendido sus labores por un momento para salir a los balcones y los pasadizos con el fin de despedirse de nosotros. Sentí los jalones, las apretadas de mano, vi algunos sonreírme y escuche a un salón entero gritar mi nombre (una de mis tías era profesora de tercero de primaria por lo que los niños de ese salón ya me conocían). Dimos la vuelta por el campo de fútbol, ladeamos el coliseo y llegamos al auditorio donde tendría lugar la tradicional despedida de cuarto a quinto de secundaria.
La ceremonia transcurrió sin mayor sorpresa, excepto cuando pasaron un video recogiendo los mejores momentos de nuestros once años de vida escolar, ocasión en la cual la gran mayoría derramo lágrimas de verdadera añoranza. Por un momento sentí que me había librado del molesto recuerdo de la mariposa traicionera, reí en ciertos momentos, llore con los demás y converse con las personas a mí alrededor. Sin embargo, cuando creía que todo había terminado vino algo que termino por destruir mi ánimo y mandar al tacho los momentos que estaba empezando a disfrutar. Se inicio una divertida premiación que incluía galardones como “el mejor claun”, “la más lady”, “el más estudioso”, “el más payaso” (reñida competencia), “el mejor amigo” y “el mejor en dar excusas”. Todo perfecto hasta ese momento, coreaba nombres y reía con los demás hasta que anunciaron el último galardón del día. Anunciaron la premiación a “La pareja más romántica de la promoción” y me hundí en mi asiento. Pero pensé que era imposible incluso conseguir una nominación teniendo en cuenta que todo el colegio nos veía discutir a diario. La pantalla negra empezó a mostrar las imágenes y me vi a mí y a la mariposa traicionera abrazados en una foto de meses atrás. No ganamos (quedamos en tercer lugar), pero me desmorone por completo. Sentí las miradas a mí alrededor y los murmullos detrás de mí. Mientras la pareja ganadora subía al escenario a recoger el premio yo me desvanecía de dolor y volví a hundirme en el asiento. Si era una broma, era una demasiado cruel, no entendía por que había pasado. La ingrata fiera y yo habíamos vuelto a terminar el día anterior y ahora venían a joderme la vida poniendo una foto de los dos, mientras ella estaba en ese mismo lugar, acompañada del sinvergüenza de Mister G. La ceremonia termino y yo estaba hecho un manojo de nervios, temblaba de rabia y dolor mientras la música sonaba y las parejas se ubicaban en la pista para iniciar el baile de despedida.
Absorto y destrozado por dentro me fui a un rincón oscuro y solitario a aliviar mis penas. Busque algún cigarrillo en mis bolsillos sin éxito, me sentí asfixiado y acosado por la hostilidad de algunos. Trate de controlarme pero no pude, me senté en el rincón, hundí mi cara en mis manos sudorosas y llore. Perdí la noción del tiempo, mis manos estaban empapadas de sudor y lagrimas acidas. Sentí la respiración suave y pausada de dos personas, levante mi llorosa mirada y las vi. Kathy y Adela me miraban con compasión, se sentaron a mí alrededor y sin decir nada me abrazaron fuerte. Llore con más fuerza, pero con alivio. Ellas me hablaban pero no las entendía, solo me importaba que estén allí a mi lado. Trataron de animarme y empujaron a la pista de baile y se movieron alrededor mio. Di algunos torpes pasos, esforzándome por parecer sereno hasta que a lo lejos vi a la mariposa traicionera bailando y riéndose con el indeseable de Mister G. Ellas se dieron cuenta (no los mires, ven baila con nosotras), yo me rehusé y me derrumbe en la primera silla que encontré. Llore de nuevo, ellas aun estaban ahí les pedí que se fuesen, no quería arruinarles la celebración, ellas se obstinaron en quedarse hasta que termino la fiesta.
Salí del colegio lo más rápido que pude, mientras profesores y alumnos se buscaban para darse el abrazo final. No quería ir a mi casa. Tome un camino contrario y camine sin rumbo. Solo me detuve cuando me detuve cuando me di cuenta que me estaban siguiendo. Era ella, quise gritarle y mandarla bien lejos pero calle. Voltee y seguí caminando, ella me siguió, voltee de nuevo y hable.

- ¿Qué quieres? ¿Por que me sigues? ¿No te parece bastante con lo que acaba de pasar? – le increpe.

- No puedo dejar que te vayas así, Raúl; mira como estas, tiemblas, no se que puedes hacer en ese estado. – respondió

A lo lejos, me pareció ver la silueta de Sol dirigiéndose a su casa, la mire de nuevo y le pedí que me dejara en paz. Se negó, seguí caminando ella troto hacia mi y me tomo del brazo. Inmediatamente me solté con fuerza y ella retrocedió temerosa. La mire con rencor, ella retrocedió pero se quedo firme frente a mi. Me voy, le dije. Ya me canse de ser tu perro faldero, tu juguete de segunda mano. Me voy lejos, donde ni tu ni nadie me encuentre.

- Pues no puedo dejarte irte así, estas mal Raúl, deja que me quede un rato cont...

- Deja de fastidiar ¡- le grite.

Ella no se movió, odie su terquedad disfrazada de pura hipocresía. Odie cuando se me acerco y me beso en los labios. Me odie por ser tan débil y no haber sido capaz de terminar con la farsa en ese momento.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Escenas limeñisimas (Chapter the second)





“Abatido entre Lima y la Herradura
El rincón de Hawai a diez kilómetros de la eterna ciudad de los burdeles)”
Luís Hernández

El semáforo cambia a verde por enésima vez y la larga hilera de automóviles empieza a avanzar pausadamente mientras el coro de bocinas chillonas se reanuda con singular ímpetu. A su lado oye a cobradores llenando vehículos atestados de soñolientos y sudorosos pasajeros. Algunos ensimismados en lecturas quema pestañas (son universitarios, piensas), otros en un sueño profundo con un hilo de viscosa saliva colgando de los labios; mamachas y taytas con bultos gigantescos y bolsas de mercado mirando maravillados, con sus ávidos ojazos de curiosos y recién venidos provincianos, los letreros de neon o los grandes edificios de transnacionales que abundan en la Javier Prado. Ve a un cobrador entablarse en un duelo verbal con un especialmente díscolo pasajero que se niega a pagar la excesiva tarifa de la empresa. Al final entre improperios y procacidades el cobrador, resignado (aun cuando sabe que “el cliente siempre tiene la razón”), accede al “capricho” del testarudo pasajero, no sin antes hacer un llamado a la buena voluntad del mismo (“ sea conciente pe’ varón”).
Ha logrado, tras muchos esfuerzos, sortear el tráfico infernal de la Javier Prado y ahora transita por la avenida Aviación. Lo mismo, abundante neon, restaurantes por doquier, la vida nocturna limeña aun esta por empezar. Son recién las ocho de la noche y la ciudad aun no termina de despertarse. Dobla en Angamos y llega a Comandante Espinar en Miraflores. Entra por Pardo y maldice. Otra larga hilera de vehículos espera el cambio de luz. Por suerte encuentra un calle perpendicular y llega a la bajada Balta. Las farolas alumbran tenuemente los costados de la calle, el club Terrazas se muestra imponente y con vida aun a esas horas. Las manos le sudan como todo el cuerpo así que decide bajar por el malecón a refrescarse un rato. En el camino se topa con acarameladas y fogosas parejas que aprovechan la posibilidad del anonimato que les otorga las calles miraflorinas. Te ríes para tus adentros, el Parque del Amor debió haber conocido tiempos mejores antes de volverse un burdelito, un troca publico. Ves, entre los árboles, a una muchacha montada sobre las piernas del muchacho quien ya empieza a desabrocharle el brassiere. Aun con la vigilancia permanente en la zona dispuesta por la municipalidad existen parroquianos que saben como darle vuelta a la ley. Doblas por el puente Villena, famoso por la cantidad de suicidios reportados diariamente en el pasado, pensó en la paradójica ubicación de ambos lugares. Uno al costado del otro, uno paraíso del amor terrenal y físico, el otro un medio para poner fin a una historia de desamor. Ahora el puente había sido techado por ordenanza del buró miraflorino obligando a los suicidas a buscar otro lugar para ponerle fin a su existencia.
Ves el mar oscuro y vivo que se confunde con la noche sin estrellas tan típica de la Lima gris. La luna refleja un camino de luz en el océano, un espectáculo ciertamente bello. Te detienes y estacionas el auto junto al parque Champagnat, cruzas la pista mirando siempre a los dos lados (no vaya a ser que algún borrachín al volante te embista y arroje tu cuerpo al mar antes de emprender la cobarde fuga), caminas unas cuadras buscando una bodega. Pudiste haberlo hecho con el auto antes de bajar por el malecón, pero ejercitar las piernas de vez en cuando no le hace mal a nadie. Entras a la bodega y pides una Cuzqueña en lata bien helada y compras un pan con hamburguesa en el carrito sanguchero de la casera. Caminas la ruta de regreso evitando consumir tu cena improvisada antes de llegar al parque.
Observas el mar, te sientes tan atraído que morirías por darte un chapuzón nocturno, aun con el riesgo de morir de hipotermia. Miras los vehículos estacionados junto a la playa, al menos ellos son más discretos que los muchachos entre los árboles. Sin embargo, esta seguro de que el pudor, en esos casos, en la oscuridad del vehiculo y lo desértico del lugar a esas horas no tiene lugar en una (casi) calurosa noche de noviembre. Levantas la vista y admiras la Cruz en el Morro, siempre brillante y bella. A un costado La Herradura vive entre luces de vehículos y las piletas iluminadas de noche contrastando con la oscuridad del balneario de La Punta al otro extremo de la Costa Verde, sumida en la total oscuridad y rodeada de la niebla smog de la ciudad.
Encesto la lata en un tacho cercano y volvió al vehiculo. Hacia tiempo que no venia aquí, claro que le hubiera encantado bajar a la playa pero no quería interrumpir los retozos, gemidos y saltos de los vehículos en acción, con caprichos nostálgicos e introspectivos de un paria errante en una ciudad que oscilaba entre la furia incandescente y el sueño eterno. Oyó el motor ronronear con suavidad y supo que el combustible estaba por acabarse. Eran casi las nueve de la noche y la ciudad estaba despertando. Atravesó el malecón sin celeridad hasta llegar a Larcomar que aun no alcanzaba el máximo punto de ebullición. Avista a los cazadores buscando a las presas de faldita a la moda bien apretada, dobla por la avenida Larco y nota el despertar de la ciudad. Más letreros de neon, muchachos eufóricos caminando hacia una prometedora noche de parra, galerías llenas de compradores y cafés con gente charlando mientras se fuman un cigarrillo. La noche recién empieza, se dice. Se siente joven de nuevo, tararea una canción que escucha en la radio y entonces los ve. Era la fogosa pareja del parque, al parecer habían terminado los previos y ahora se aventuraban a una noche de locura y pasión. Al parecer ellos no lo reconocieron porque no mostraron gesto alguno de complicidad.
El muchacho levanto la mano al aire mientras ella se acomodaba el brassiere, los cegó el resplandor de las luces frontales. Los miraste de nuevo, eran altos y espigados. Vaya suerte que tiene este chico, pensaste. El muchacho levanta el brazo más alto y dice: “¡Taxi¡